Cierto, para la suspicacia de los buenos narradores de cualquier ámbito, el lingüísta peruano Blas Puente Baldoceda, tarmeño, siempre ha sido un quebradero de cabeza y hasta una presumible amenaza, perenne, porque también fabula y escribe. Recuerdo que en una fiesta de Año Nuevo, en Lima, en casa de la fonetista Aída Mendoza, el escritor piurano Miguel Gutiérrez me llamó hacia un lado, misterioso, y me preguntó, casi aturdido por la ansiedad y la bullanga de la música, ¿quién era ese tipo de an­teojos que hacía rato me tenía atarantado y en vilo? Se refería a Blas Puente Baldoceda, a quien Miguel Gutiérrez le había entre­visto, a pesar del tráfago de la fiesta, un soterrado aspecto de Onán redivivo o, acaso, una obstinación de trotskista aciago, una de dos. Así dijo Miguel Gutiérrez, con sentenciosa dialéctica mao­ísta: una de dos. Cuando le conté, con la mano en el pecho, que lo que me había mantenido en vilo, pendiente de la labia del susodi­cho, era la increíble y sucesiva anagnorisis de su relato envolvente sobre el robo de un reloj Edox, Miguel Gutiérrez soltó su carcajada de mangache, macheteada, que retumbó en el fragor de la noche de fiesta a pesar de la bullanga de la música. Entonces, asumiendo de nuevo la compostura, Miguel Gutiérrez dio una pitada a su ci­garrillo Fortuna, echó el humo sin golpear, y resuelto me confesó que él también quería conocerlo. Hasta ahora, acotó Miguel Gutié­rrez, el único tarmeño atarantador que había conocido era el dic­tador Manuel A. Odría.

Blas Puente Baldoceda hizo estudios de lingüística en la Universidad de San Marcos, Lima, antes de encaminarse a Cornell y después a Austin, Texas. Previamente había cursado educación secundaria en el colegio Pedro A. Labarthe, ubicado en la avenida México, en el área que había albergado al barrio rojo de la ciudad de Lima y donde quedaba, como remanente pecaminoso, un antro que llevaba el nombre glorioso de la Floral. Acaso por fortuna o designio, en ese colegio que era mirado por algunos con sospecha y desdén, Blas Puente Baldoceda tuvo como profesores a jóvenes profesionales recién egresados de La Cantuta que luego alcanza­rán renombre en el Perú: Vladimiro Guevara, el politicólogo Ed­mundo Murrugarra, el dramaturgo Víctor Zavala Cataño y otros igualmente lúcidos y talentosos.

En torno a dichas apariciones repentinas de Blas Puente Bal­doceda, en bulliciosas fiestas privadas o en el ceremonioso sa­lón colorido de El Floral, algo mucho peor le ocurrió, años des­pués, en la Universidad de Cornell, Ithaca, al cubano Guillermo Cabrera Infante. Con mil precauciones, el novelista caribeño, disi­dente de la revolución, Caín de sus hermanos barbudos de la Sie ­rra Maestra, se había trasladado desde Londres, hasta ese extremo norte del estado de Nueva York, sólo para dar una irónica lectura salteada, y todavía en bustrófedon, ida y vuelta, de su propia obra. Cultivaba esa manía el autor de La Habana para un infante di­funto , arar en el mar, ida y vuelta, en bustrófedon, con la misma constancia de una yunta de bueyes. Por supuesto, en palpable muestra de razonable cobardía, Cabrera Infante siempre asistía prevenido a cualquier evento, aun a sus propias lecturas. Aparecía disfrazado de Fumanchú, por el lugar menos indicado, la puerta de escape, acompañado de su inseparable guardiana y esposa, la acerada y guapa actriz Miriam Gómez.

Entonces, el calvario de Guillermo Cabrera Infante empezó en el instante que sus ojos de miope, amparados por sendos culos de botella, descubrieron, entre la concurrencia, la sospechosa pre­sencia de Blas Puente Baldoceda quien, por coincidencia, estaba en la Universidad de Cornell en pos de un doctorado en lingüís­tica, siguiendo los pasos del inolvidable Wilfredo Mesías, y traba­jaba a la vez como profesor asistente, convencido de que entre los jóvenes pupilos aparecería en algún momento, reencarnada, la dupla Richard Fariña/Thomas Pynchon que años atrás había fati­gado dichas aulas. Guillermo Cabrera Infante no tuvo ni siquiera que mirar a su esposa, Miriam Gómez, para que ésta supiera el hormigueo que había invadido el punto más vulnerable del nove­lista. Sin duda, pensó Guillermo Cabrera Infante, el servicio de inteligencia cubano, instrumento de Fidel Castro, quería ocultar, bajo ese rostro andino de ojos relumbrantes, el más aciago de sus agentes que, a cualquier costo, intentaría asesinarlo al menor des­cuido. ¿Acaso con una picota andinista, como a Leon Trotsky?, se preguntó estremecido Guillermo Cabrera Infante.

Ningún amigo de Blas Puente Baldoceda puede dar fe en qué momento éste asumió la mirada decisiva de atarantador. Aunque el diccionario de la Real Academia de la Lengua Espa ­ñola, por desidia o tontería, no registra el vocablo atarantador, el ente objetivo, sino únicamente el verbo, todos sabemos perfecta­mente quien es un atarantador. Blas Puente Baldoceda no es un atarantador, pero tiene una inocultable mirada que ataranta a cualquiera.

Resultó tan fatigosa la faena de lectura para Guillermo Ca­brera Infante, suspendido en la zozobra del pánico, que el propio Blas Puente Baldoceda ya no podía dónde poner el legendario brillo de sus ojos. No quería mirarle las piernas a Miriam Gómez porque ésta ya se había puesto en guardia y, por otro lado, de ninguna manera podía jugarle sucio a Lilián Lipsky, que también estaba en la mesa del estrado, porque ella siempre había sido su paño de lágrimas cuando, supuestamente, lo asaltaba la nostalgia por la campiña de Tarma, pero que en verdad se trataba de fogo­nazos recurrentes que lo hundían en los recuerdos de la vivido y bebido en la Floral con Boris López, Gustavo Solís y Ricardo Ráez. Me pregunto, ¿cómo fue que Lilian Lipsky había conocido a Al­fredo Bryce en París? Al parecer, así como Enrique Malca, el len­guaraz filipino de la Armada de Maluco, Lilian Lipsky ya había dado la vuelta al mundo antes que Fernando Magallanes pareciera acribillado a flechazos en la playa de Mactan.

Pero Guillermo Cabrera Infante sobrevivió a la amenaza que consideraba inminente. Después de la lectura, ya en el aloja­miento que le habían asignado, él mismo optó por levantarse la moral y pensó que todo era producto de una paranoia pasajera. Al anochecer, se dirigió con Miriam Gómez a la recepción que siem­pre les hacían a los invitados célebres, a los escritores de nota, nunca a la segundilla.

Apenas traspuso el umbral del salón, al segundo, Gui­llermo Cabrera Infante divisó entre la concurrencia los ojos vidrio­sos de Blas Puente Baldoceda. Miriam Gómez percibió el aliento de su marido que estaba a punto de parársele el corazón, mas mantuvo la calma. Lo entregó, inerme, a las fauces de una turba de admiradores y ella fue directo donde Blas Puente Baldoceda. Sin vacilar le habló en cubano: ¿De dónde tú eres, chico?, le dijo, y con una increíble habilidad de encantadora de serpientes consi­guió que Blas Puente Baldoceda la siguiera hasta un sofá. De re­pente, sentados lado a lado, se encontraban hablando del caballo de don Espíritu Puente que vagaba desbocado por los campos de Tarma. Miriam Gómez ya sabía que Blas Puente Baldoceda no era ningún agente cubano, por eso le contó, con pelos y señales, el combate fugaz en el cual Gabriel García Márquez fue noqueado por Mario Vargas Llosa.

Cuando regresaron al pleno de la recepción y Guillermo Cabrera Infante los vio, inmediatamente supo que Blas Puente Baldoceda era un extranjero desarraigado, quizás camboyano o peruano, pero que llevaba dentro la fiebre del narrador. Este libro de cuentos, Historias de Shilico, el escribidor y otros cuentos , primera laboriosa entrega narra­tiva de Blas Puente Baldoceda, es producto de esa empecinada fiebre.

 



Caballo desbocado por los
Campos de Tarma


Por Gregorio Mártinez

HISTORIAS DE SHILICO
EL ESCRIBIDOR

Blas Puente Baldoceda
2008
Hipocampo Editores