
Litman Torres Rodríguez utiliza los recursos de la memoria histórica y de la imaginación estética para urdir una epopeya del pasado y del presente, una compleja relación de quienes creyeron cumplir una gran misión y de quienes hasta hoy buscan cómo liberarse de esa prisión histórica que fue la conquista y la evangelización en el escenario amazónico del Bajo Huallaga y del Bajo Marañón.
El poeta se distancia de la inmediatez del paisaje, que siempre agobió a muchos versificadores loretanos, sanmartinenses y ucayalinos, para mostrarnos las contradicciones de personajes y culturas en un momento de extraños encuentros entre conquistadores y conquistados. El lenguaje poético se encarga de convertir las dolencias de los grupos originarios en una esperanza de redención.
El libro es la búsqueda de la verdad histórica a través de una poesía del hombre con esperanza.
José Ramos Bosmediano
Autobiografía de un desmemoriado (Hipocampo Editores, 2009) del poeta Litman Torres Rodríguez (San Martín, 1981) es un conjunto de poemas que relatan parte importante de la historia de una zona de nuestra amazonía: “la conquista y la evangelización en el escenario (…) del bajo Huallaga y del bajo Marañón”, tal como se dice en la contraporada. Si bien el libro “es la búsqueda de la verdad histórica”, por ello su minucioso documento de personajes, lugares, y procesos colectivos y de conflictos; también es la búsqueda de una verdad poética, que está relacionada con la memoria, la persistencia, la lucha por la supervivencia, los estragos del tiempo. Podríamos remitirnos a algunos libros de poetas peruanos que apelaban a la historia y a la crónica, como Tulio Mora con Cementerio general, Antonio Cisneros con Crónica del niño Jesús de Chilca, o Lo que no veo en visiones de Ana Varela. Igualmente atisbamos referentes borgeanos, tanto en el prólogo y en el epílogo, así como con las imágenes y los simbolismos bélicos, como en Borges era la espada. Una mirada abarcadora, propia de los inmensos campos verdes de la selva, en donde el poeta se conecta con todo lo inmemorial, justamente para reconstruir el tiempo.
Miguel Ildefonso
Litman Torres Rodríguez, nació en Barranquita (San Martín) el 18 de agosto de 1981. Cursó la educación primaria, secundaria y superior en Yurimaguas. Se graduó como profesor especialista en Lengua y Literatura en el I.S.P.P Monseñor Elías Olázar Muruaga con la tesis monográfica Los “demonios” históricos en la narrativa de Gabriel García Márquez o la historia como materia. Ha ganado el segundo premio en los Primeros Juegos Florales Virgen de la Nieves 2002 en el género cuento.

PRÓLOGO DEL AUTOR
Encontré el siguiente fragmento en un libro del P. Pablo Maroni, el año 2004. El manuscrito, una sola hoja sin firma, estaba escrito en papel tosco, amarillento, con tinta negra a punto de borrarse. El hallazgo me sorprendió porque el libro, muy consultado por los estudiantes de pedagogía, tuvo que haber pasado por muchas manos antes de llegar a mí. Estaba escrito en español. Al leerlo descubrí que el vocabulario y la ortografía eran de un siglo pretérito, por la morfología, quizá del siglo XVII ó XVIII (ortografía y vocabulario que tuve que adecuar a nuestra época para su inteligibilidad). Luego caí en la cuenta de una incoherencia que hasta hoy me desvela: el autor se servía para apuntar su reflexión de un español antiguo pero a juzgar por los elementos que emplea (concepto de modernismo, aparatos de la vida contemporánea) las líneas parecen escritas no por un jesuita ni por un descendiente directo de conquistadores sino por un coetáneo nuestro. Pero, ¿y la peculiaridad del lenguaje arcaico? Es una incógnita que no he logrado resolver. No me resigno a una broma gratuita; sé que la dificultad de ese lenguaje disuadiría a cualquiera. Tal vez fue escrito por un profeta desconocido, un vidente; tal vez es una iluminación perdida del P. Samuel Fritz que sus exegetas ignoran. El texto, con alguna parte irrecuperable (la señalo con corchetes) pero perfectamente discernible, dice: “Una noche, como tantas, vi la vida nocturna de la calle: bares, pollerías, fiestas, discotecas, moda, modernidad, y me pregunté si sería posible vivir de la misma forma con un minuto de memoria, y me dije que sí, que podríamos partir a la recuperación del pasado mediante la evocación y el recuerdo sin dejar de ser por esta razón modernos. Luego descubrí que esta actitud modernista hacia el tiempo en nuestra gente era imposible porque la realidad de su deseo no era la perdida, la inmemorial, es decir, el mundo de los ancestros, sino la inmediata, la actual de realidad de Europa y Norteamérica. […] La sociedad posmoderna al liberarnos nos ha desorientado y ahora buscamos nuestra identidad no en el pasado, no en las raíces, sí en el dinero, sí en el confort. Tenemos ansias de ser actuales pero sólo somos unos sofisticados desconocidos de nosotros mismos; poseemos artefactos, celulares, vehículos, medios, pero nos falta conciencia, conciencia histórica. El auténtico moderno forja el presente del hoy y de ayer, no desconoce su pasado y eso afirma su identidad y de ella parte a la conquista de la realidad más justa y universal, la que quiere para su gente. Debemos ser modernos, no desmemoriados”.
ANTE EL MONUMENTO A LAS BANDERAS
EN EL PARQUE IBIRAPUERA,
SÃO PAULO
A mi padre Gimner Torres González
I
Villa San Pablo de Piratininga y tú ya no son lo mismo.
Ella, oculta por Sierra del Mar, moraba en altiplano.
Tú ves el mar y suspiras por Italia y apenas piensas en aquel imperio lusitano.
Ella, menesterosa y desfavorecida, hizo del hombre bravío.
De ella partieron las más de las veces los hombres que ensancharon el mapa hasta Mesopotamia.
Hombres a la vez temerarios y confundidos que surcaron el Tiête y el Río Verde hasta Serra das Ararás;
Que caminaron por Tombador y cruzaron al oeste, hacia Madeira;
Que en allí llegando bajaron a Solimões y lo surcaron e iniciaron la ruina de los jesuitas.
De ti sólo salen barcos hacia Europa y a los autos que se adentran hacia Brasilia y Rondonópolis los mueve únicamente la aventura turística del weekend.
II
Ustedes antes vivas siluetas hoy bloques de piedra;
Ustedes que formando un ordenado séquito siguen al sol con grisáceos ojos;
Ustedes dos capitanes que orientan la bandera en caballos robustos;
Ustedes, oh soldados, que los siguen en fila decididos a sufrir las vicisitudes de la aventura,
Muertos a quienes São Paulo y Pernambuco deben más que indios fugaces;
Ustedes hicieron de Brasil más que la franja de Tordesillas.
Amparados en la oscuridad de la ciencia y en una desidia ancestral arremetieron contra la Corona Íbera,
Sufrieron en Mbororé.
Obligados fueron a enterrar sus muertos en semana santa y quizá comidos fueron por caníbales.
Maltrechos y agonizantes llegaron a São Paulo en un alto y medio,
Pero se reorganizaron y atacaron de nuevo.
Porque ustedes no creían en autoridades de leyes ni de tratados,
Sino en la autoridad de la lucha y de la sangre.
Misiones te impuso la suya y miraste hacia el norte.
Portugueses, mestizos, indios tupíes;
La mezcla de razas fue tu espíritu siempre,
Y con ella te diste a la caza de indios y a la conquista del territorio que el meridiano de La Casa autorizara a los ojos de Juan II.
Marañón no fue nunca un Alto Uruguay
y así nació Tabatinga, Benjamín Constant y Amataurá.
Ustedes, ladrones y bandidos para nosotros, son la justa gloria de lusos y de cariocas.
REMINISCENCIAS
Involuntariamente enceguecido
he repetido tus pasos en busca
de la orilla que retenga tu brusca
caminata. Mi remo perseguido
Por la oscuridad ha naufragado
en la luz; porque tú no habitabas
ni moras en los libros, tú quemabas
tu choza y el viento levantado
Olía a chamusquina. ¿Qué me llegan
de tus días sino testimonios
vanamente solemnes? Demonios
negros marcando tus huellas niegan
A través de tres siglos tu cierto
sufrimiento. La historia es inhumana
y en ella moran fantasmas, vana
rigurosidad de lo incierto.
No poseen las letras el color
de la sangre vertida. Como este mes
que va y vuelve y no me trae tus pies
mis palabras no abarcan tu dolor.
RITO
Es el atardecer de un día soleado.
La aldea está silenciosa.
No se ven criaturas ni animales.
Parece como si todos durmieran la siesta
O hubieran salido de cacería.
En todas las chozas se nota el abandono,
Menos en una por cuyo techo se escapa el humo.
Es como las otras, de forma circular,
La puerta estrecha no supera la altura
De un párvulo.
En los alrededores se ven, dispersas,
Matas de ajíes, saúco y papayas.
El techo es el cerco y no se ven plataformas
Ni hamacas colgantes.
De pronto, por la estrecha puerta sale una niña,
Presurosa, atraviesa el patio que hay frente a ella,
Toma el sendero que se pierde en el monte,
Y desaparece.
La aparición es tan fugaz que es como
Si no hubiera sucedido.
Todo sigue igual y nada ha cambiado.
Un minúsculo pájaro vespertino
Se posa en un arbusto de ají,
Da saltitos despreocupados, buscando algún insecto,
Pero pronto se detiene,
Otea el grupo de chozas que le circundan
Y se queda atento,
Amaga un vuelo, luego otro,
Y cuando por fin lo hace,
Por la misma puerta por donde salió la niña,
Aparece otra figura.
Es un hombre bajo, prieto,
Tiene el cabello corto, a la altura del hombro,
Está desnudo y apenas unas hilachas le cubren el sexo.
Tiene el rostro inexpresivo de los animales
Pero se adivina que está contrariado.
Está ansioso y no deja de atisbar el sendero
Que tomó la niña.
De adentro de la choza salen unos quejidos;
Por el timbre se puede decir que es una mujer.
El hombre no se mueve de la puerta.
Lleva algo en los brazos, algo que acurruca.
No es un paño de llanchama,
Es algo más vivo.
A poco aparece la niña; no viene sola.
Una vieja de unos setenta años la acompaña,
Una vieja que con lentitud segura carga un machete
Y una ollita de barro.
Se acercan al hombre, que al mirarlas parece
Más contrariado.
Éste le hace una seña a la niña y la pequeña desaparece.
Sólo quedan los dos en el patio,
La mujer deja la ollita, se acerca unos pasos,
Estira la mano y descubre lo que el hombre tiene en los brazos.
Un gesto de desaprobación se lee en su arrugado semblante.
El hombre, con la cabeza, asiente;
Le entrega el envoltorio, que parece no pesar mucho,
Entra en la choza y no vuelve a salir.
Adentro los quejidos se convierten en lastimeros sollozos.
Sin cuidarse de hormigas o alacranes,
La vieja coloca el fardo en el suelo,
Coge el machete y, con dedicación, con esmero,
Con todo el esmero que sus muchos años se lo permiten,
Cava un hueco en el patio.
En más de una ocasión mide la hondura del hueco
Con el machete por vara.
Terminada la tarea se levanta, quita la manta
Y una cosa de carne patalea en su mano.
Le coge por los tobillos, un poco con
Cariño, y lo introduce en el hueco.
Luego, poco a poco, puñado a puñado,
Va colmándolo de ceniza que extrae
De la ollita de barro.
Nunca tuvo más vida la cosa de carne.
Pero al fin cede. La mujer lo saca y el niño está muerto.
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