POEMA DE GREGORIO MARTÍNEZ

MORDERÁS EL POLVO
Virgen, te quiero,
Virgencita de Palpa,
milagrosa Virgen Asunta.
Un polvo de dos horas por 400 dólares,
en lujosa casa de suburbio,
lejos de los condominios
de media mampara.
Alta, rubia, ojos de calcopirita,
perfumada,
nacida en Idaho como el fioca Hemingway,
me abre la puerta.
No solo por instinto gregario,
y Gregorio, sino por la metamorfosis
del pobre Samsa, soy otro,
hasta leí El proceso,
instigado por Juan Ojeda.
Atildado, con aspecto solvente,
pongo los billetes
sobre la mesita de una lámpara,
exactamente como Raymond Chandler.
Una piel de oveja sobre la cama
de dos plazas o king size,
oculta al lobo,
al lobo estepario de Huaitara Ricardo Raez.
No hay lobos en los médanos de Coyungo,
solamente zorros pamperos,
chuscos como yo.
Con Chacho Martínez atravesamos los médanos,
a pie, a patita limpia,
desde Cabildo hasta Coyungo, de noche,
y anclamos un rato
en la casa de mi primo Diosdado Barahona.
Íbamos en busca de Candico.
Creo que la naturaleza humana es un embuste
neoplatónico, alquitarado por los siglos.
Lo real y tangible
es la condescendencia animal,
el hedor de las verijas.
Ya estuve aquí, antes,
Sisifo guevón.
Mira los indicios,
las huellas de los chanchos,
el arrastrón por donde rodó la piedra,
la piedra que hoy echaré afuera.
Tú, muéstrame la flor,
princesa de Idaho,
y veremos el sol,
llegar la noche,
culminar el verano ardiente.
Un polvo de dos horas,
sin sacarlo,
dura más que la eternidad
que llega por la ventana.
Ahora, hija de Hemingway,
quítame la piel de lobo
para morder el polvo.
(Escrito en el bar de la barraca Birchmere, escenario de rock, blues y country music, donde en el 2000 se presentó Susana Baca, en Chirilagua, Arlandria, jurisdicción de Alexandria, Old Town y puerto fluvial, en la orilla derecha del Potomac, frente a Washington DC, agosto del 2009)

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