HA MUERTO EL CAPITALISMO, prólogo de Gregorio Martínez

para DISCURSOS CONTRA LA BESTIA TRICÉFALA

de Rodolfo Ybarra, tricefalos3

Arturo Delgado

y Rafael Inocente,

reciente

publicación de

Hipocampo Editores.

Lima, diciembre de 2009, 160 pp. Formato A5.

ISBN Nº 978-612-45205-5-6

 

 

 

En el texto de El manifiesto comunista, publicado la primera vez por la Liga Comunista de Londres en 1848, Karl Marx y Friedrich Engels jamás utilizan la palabra capitalismo, sustantivo común que denomina una etapa histórica en la civilización. En aquel llamado urgente a la unión de los pobres del mundo, que lo único que podían perder eran las cadenas, Marx y Engels solo se refieren al adjetivo capitalista, no al sustantivo de marras. Mejor dicho, aluden al modo de producción predominante en la economía de los países europeos más desarrollados en ese momento del siglo XIX. Pero el hecho es que los forjadores de la teoría marxista no mencionan el nombre del ideario burgués, el capitalismo como una etapa de la historia.

Dicho sustantivo, capitalismo, tampoco aparece en el primer tomo de El Capital, 1867, donde Karl Marx plantea su tesis económica que, según su análisis concreto, determina la violencia y las contradicciones sociales. Recién en 1877, en comunicación con revolucionarios rusos, Marx usa el vocablo capitalismo, en el sentido de etapa histórica, para explicar el tránsito de Rusia feudal hacia una nueva y moderna formación social. Después, décadas más adelante, Lenin teorizará sobre este aspecto en el libro Desarrollo del capitalismo en Rusia.

Por fortuna, aquellas tergiversaciones que los comisarios soviéticos introdujeron a mansalva en los textos marxistas, con la ávida complicidad de la Academia de Ciencias de la URSS, incluida la edición Fondo de Cultura Económica de El Capital, no afectan en lo substancial el punto en cuestión. Esa evidencia quedó como testimonio de prueba.

Trasluce, entonces, que el término capitalismo, en todas las lenguas modernas, tiene una procedencia tardía, siglos después del advenimiento de la propia ideología que el vocablo encarna conceptualmente.

Distintas fuentes coinciden en señalar al británico William Thackeray, el escritor satírico autor de la novela Vanity Fair, como el primero que en 1854 utilizó la palabra capitalismo, sustantivo común, en su acepción de sueño e ideal burgués.

Para mí, esta tardanza refleja un síntoma que la cultura europea nunca ha reconocido. Que la idea de rédito y sentido mercantil, el “espíritu fenicio” al que se refiere prejuiciosamente Mario Vargas Llosa en El paraíso en la otra esquina, llegó muy tarde a Europa a través de los árabes y los judíos, la cultura semita. Nada lo prueba mejor que la obra dramática El mercader de Venecia de William Shakespeare. Increíble que tan tarde como el siglo XVII, un italiano propietario de navíos era incapaz de entender que un préstamo o crédito estaba sujeto al pago de intereses, como lo reclama en la obra el judío rico Shylock.

En cambio, en el Perú antiguo, aimaras, huancas y chinchas ya habían asumido el mercantilismo y las ferias de trueque como una actividad para acumular riqueza, algo que no resulta inusitado en América precolombina si pensamos en el gran mercado de Tenochtitlán que, en el siglo XIV, eclipsaba a las mayores ferias y trocaderos de Europa, dicho por un testigo europeo como el joven Bernal Díaz del Castillo que estuvo entre las huestes de Hernán Cortés.

Como etapa de la historia, el capitalismo ya es difunto. No lo mataron las estrategias y tácticas del feroz marxismo leninismo trotskismo maoísmo sino el propio ir y venir de la dinámica de la civilización. ¿Acaso el corsi y recorsi, esa teoría de la víbora de dos cabezas de la que hablaba el modestísimo maestro napolitano Giambattista Vico? Que responda el oráculo Eric Hobsbawm, quien al desmoronarse el imperio soviético se aferró a la entelequia llamada neomarxismo por los teóricos académicos.

Hoy, en la primera década del siglo XXI, lo cierto y factual es que el capitalismo murió antes que ocurriera, en 2009, el último cataclismo financiero de Wall Street. El capitalismo como etapa histórica empezó su agonía cuando desaparecieron los magnates del acero, del petróleo, de los ferrocarriles, de las finanzas. Aquellos reconocibles íconos burgueses, abusivos e ignorantes, a veces disfrazados de filántropos caprichosos, llamados Mellon, Rockefeller, Ford, Carnegie, Morgan, Guggenheim. Ahora solo quedan sus fundaciones filantrópicas, algunas coludidas con la CIA como la Ford Fundation, magnífico reducto en el cual los magnates cobijaron sus fortunas para salvarlas del hacha de los impuestos y no por altruismo cultural como creen algunos incautos.

Esto lo afirmo a la vista de tres puntas filudas, tres discursos letales acicalados por Rodolfo Ybarra, Arturo Delgado Galimberti y Rafael Inocente, cada uno con garlopa propia. Lo afirmo con la certidumbre de que el preludio artístico siempre se adelanta a las constataciones de la ciencia, a los análisis de la teoría política o económica que el marxismo leninismo dicta que sean concretos y correspondan a una situación también concreta. Lo digo aquí, donde un trío de escritores, pasando por encima de la megalomanía libro/autor, se lanzan machete en mano contra la bestia tricéfala.

De Rodolfo Ybarra celebro el desenfado que a veces puede resultar ofensivo y hasta gratuito. Pero de eso se trata, precisamente, de lograr hervores en el lenguaje, sin condiciones. Si el resultado es perturbador, mucho mejor. Hay un buceo en la mitología urbana conforme Rodolfo Ybarra aborda el acontecer citadino. El logro es una nueva crónica que con intención, o solo por coincidencia, se convierte en documento. Tal estrategia tiene antecedentes, logros cenitales y genitales como el alcanzado por el cronista indígena Felipe Guaman Poma. Cuando se sueltan las riendas de la escritura y de la creatividad, nunca se sabe.

Muy distinto en apariencia, resulta Arturo Delgado Galimberti. Emparentado con mecanismos de escritura ciber, pero arraigado siempre en la factura artística, en la búsqueda de alcances literarios. Por mi lado, ninguna objeción contra el artificio. Al contrario, la literatura establece sus propias reglas secretas de un juego infinito. En esto tenemos que ser realistas para no caer en la escritura de baja estofa. El juego ciber y de espejos que maneja Arturo Delgado Galimberti verdaderamente deslumbra y consigue una atmósfera de algo que ocurre en otra dimensión, aquella de la tierra incógnita. Antes se podía hablar de experimentalismo, actualmente no. Toda escritura plena implica riesgo y experimento. Hay como un llamado y una tentación de la fruta prohibida.

Sin propósito determinado, o quizás a sabiendas, con intención preconcebida, el tridente discursivo y narrativo actúa igual que la serpiente Ouroboros. Se muerde la cola. Rafael Inocente cierra el círculo. Vuelve al logos de la urbe, al idiolecto de los extramuros. Entonces, el relato fermenta, se desborda. Pero ahora el mito urbano es diferente. Otra manera de urdir el discurso. Aunque tal vez no tanto. Víbora o serpiente al final es lo mismo. Colmillo más efectivo que la chaira de William Occam. ¿Acaso la prosa de Martin Adán, en La casa de cartón, no se desplaza también como un ofidio terso? Un cielo de Barranco color panza de burro. ¿Y cuál es el color del ámbito de un barrio de los extramuros? Rafael Inocente desembucha su relato y así empalma con el desenfado de Rodolfo Ybarra.

 Al terminar la lectura de estos tres materiales de distintos autores, veo en el cinema de la mente a Manuel Scorza, hablando como invitado en el congreso de escritores jóvenes que se realizó en la Universidad de Ingeniería en 1964, cuando ninguno de los tres autores había nacido. A mí no me permitieron participar por chusco e inédito irremediable. El proyecto editorial de Manuel Scorza, Populibros Peruanos, había sido un éxito abrumador. Sin embargo, Manuel Scorza pronosticó la muerte del libro de papel. El disco long play era la voz. Pero se quedó corto y no advirtió que entre libro impreso en papel y capitalismo hay un nexo siamés. Nacieron juntos y unidos en el siglo XV. Están signados por la misma suerte.

En la obra ficticia Utopía, tan temprano como 1516, Tomás Moro crea la bandera roja con la hoz y el martillo que simboliza la alianza del campesino con el artesano, emblema que cuatro centurias más tarde asumirá la revolución soviética y el comunismo mundial. No se trataba de un símbolo proletario porque en los tiempos de Tomás Moro la manufactura era menester de artesanos, maestros y aprendices.

 Pero constituye un hecho que el capitalismo germinó y creció en Europa, a partir de la semilla del mercantilismo que había llegado del sur, de la tierra del higo y el dátil, donde nunca hubo hoja de parra para cubrir coño o verga. Por donde se le mire, el capitalismo resulta al final una experiencia neta de la cultura occidental, de los mercaderes y factores que fletaban las naves para los viajes de descubrimiento y conquista, como el caso de Marco Polo que a la par que acarreaba mercancías, a cambio de espejitos y cuentas de vidrios coloridos, acumulaba en la tutuma maravillosas historias de allende los mares que tanto encandilaron, luego, a Jorge Luis Borges. Aunque este se equivoca cuando afirma que Marco Polo dictó su relato en latín. No. Se lo dictó en veneciano, en la cárcel de Génova, al poeta Rusticiano de Pisa y este, maromero singular, lo transcribió en francés para eludir a curiosos y soplones.

Eso sí, en los siglos XV y XVI el capitalismo se alimentó y tomó fuerza y músculo con el oro de México y del Perú, el rescate de Atahualpa que permitió el monetarismo circulante, el ducado y la libra, y trasladó la bolsa mundial de valores de Venecia a Londres. Atahualpa disponía de más cash que el banquero Jakob Fugger que habilitó al rey Carlos I para que se convirtiera en el emperador Carlos V, comprando al chinchín los votos de los príncipes electores de Europa.

Sí, ha muerto el capitalismo en cuanto fase histórica. Incluso percibo un cierto olor a Thimolina, ese Chanel # 5 de color anaranjado que antes era el típico perfume de los difuntos acicalados. En cuanto momento de la historia, con respecto al capitalismo ya podemos decir: a otra cosa, mariposa, mariposa cachera, y voltear la página.

 Esto no significa que se inaugure en la historia la fase socialista. No. Durante décadas, y quizás el siglo por delante, aún continuará predominante el modo de producción capitalista. Mejor dicho, seguirá vigente la manera como el capital en sus diversas formas —salario, crédito, maquinaria, instalaciones, materia prima, administración, expertiz— se constituye en el principal medio de producción de bienes tangibles o de entretenimiento y comunicación. El capitalismo como etapa de la historia, ya se acabó. No la historia como proclamó en un momento Francis Fukuyama, ideólogo del reaganismo y protegido del instituto de Henry Kissinger. Sin embargo, el modo de producción capitalista, tal cual lo caracterizó Karl Marx, continuará todavía normando la economía del mundo, imponiéndoles condiciones a los países pobres a sangre y fuego.

Justo, en el lapso en que Estados Unidos alcanzó la hegemonía económica mundial, cuando el imperialismo yanqui devino en el enemigo # 1 de los países del tercer mundo, las imágenes de los magnates y titanes del dólar se volvieron sal y agua, como dice el bolero cumbia. No más la catadura del feo John Pierpont Morgan ni la fisonomía del caballeresco Rockefeller que, muy mecenas, contrató al muralista rojo Diego Rivera para que hiciera un mural en el rascacielos Rockefeller Center de Manhattan. Esos íconos desaparecieron. Jamás llegaron a la televisión. Entonces, el lugar fue ocupado por el logo de las corporaciones.

Sin duda que los analistas políticos, embutidos de racismo aunque sean marxistas, cuadriculados por el esquematismo, dirán: la misma chola con distinto calzón. En verdad, sí se ha producido un cambio cualitativo en la naturaleza de la empresa capitalista, yanqui especialmente. No existen más los barones de las gigantescas corporaciones. Los propietarios son los anónimos poseedores de valores del stock market. ¿Anónimo no es masificación? ¿Masificación no es colectivismo?

 Un sujeto del tercer mundo, el mexicano Carlos Slim, es actualmente el hombre más rico del mundo. Calladito, sin el menor aspaviento, ya es el real propietario de The New York Times, el diario emblemático de Estados Unidos. ¡Un charro, paisano de Pancho Villa, dueño de The New York Times!

Recordemos que en 1985, cuando el cubano Roberto Goizueta decidió cambiar la fórmula secreta de la Coca Cola, la legendaria Seven X, y lanzó la New Coke, un hombre de la masa, Gay Mullins, físicamente muy parecido a Ernest Hemingway, le salió al paso. Con unos pocos dólares, Gay Mullins adquirió una acción de la Coca Cola en el stock market y, ya propietario de la gran corporación, encabezó una campaña contra Goizueta, el nuevo presidente de la Coca Cola. Con el respaldo de algunos accionistas y la barra brava de 60 mil consumidores, Gay Mullins hizo retroceder a Goizueta, lo hizo morder el polvo. El empresario cubano retiró la New Coke y restableció la Coca Cola Classic como exigía la barra brava. Roberto Goizueta era coetáneo de Fidel Castro, habían estudiado en el mismo colegio y procedían de familias similares y privilegiadas, pero algo los condujo por caminos distintos, siempre como líderes y dirigentes.

Así, muy imbricados, se dan los cambios en las fases de la historia. Durante cien años, entre los siglos XIII y XIV, Francia e Inglaterra se destriparon en busca de la hegemonía monárquica en Europa feudal. Cuando ambas naciones acabaron desangradas y escuálidas, la historia volteó la página. No más feudalidad, carajo. La modernidad se había descolgado de cuajo sobre Europa. Incluso la modernidad fue marcada, a fuego vivo, por la publicación del primer libro hecho a imprenta con tipografía, la ahora famosa Biblia de Gutenberg en dos columnas y 40 líneas.

Algo similar ocurrió en el Perú cuando, debido a la captura de Abimael Guzmán, entró en receso la guerra civil desatada por Sendero Luminoso. Los rezagos de feudalidad que tanto habían atormentado a la izquierda marxista peruana, aun a José Carlos Mariátegui, desaparecieron en la sangre y el polvo. Algo irónico porque las más de 40 organizaciones marxistas que existían en la década del velasquismo dejaron de lado la lucha armada para discutir, hasta la estupidez, si el Peru era feudal, semifeudal o simplemente capitalista dependiente y neocolonial.

En el siglo XVI, Niccolo Machiavelli publicó El Príncipe, el mejor tratado sobre política monárquica, todavía feudal. Pero en la misma época, Tomás Moro sacó a la luz Utopía, la primera teoría política que expone un programa de gobierno socialista, explícito en la segunda parte del libro. Ese mismo siglo marca el nacimiento del mercantilismo que, con la formación de una clase especializada en tal menester, dará origen a la burguesía y al capitalismo.

En el Perú colonial y republicano, las encomiendas o haciendas cañeras de la costa que operaban dentro del modo de producción capitalista, insertaron el esclavismo en la economía peruana, una modalidad que pertenecía a una etapa histórica anterior al feudalismo. En los Andes, hasta el siglo XX, los gamonales como el poderoso senador Celestino Manchego Muñoz, continuaban utilizando la servidumbre y el pongaje dentro de una economía capitalista con habilitación bancaria. Territorialmente, Celestino Manchego Muñoz resultaba, incluso, el propietario de Huancavelica, pues la ciudad estaba dentro de los linderos de su hacienda.

Entonces, podemos afirmar que en el Perú la feudalidad muere cuando el capitalismo ya era difunto como fase histórica. Ahora, poco a poco tenemos que minarle el terreno al modo de producción capitalista. Alertas siempre porque el socialismo nació como una tendencia derechista hasta que Pierre Joseph Proudhon planteó su tesis, ¿Qué es la propiedad?, y él mismo se respondió: un robo. Marx fundamentó teóricamente la prédica de Proudhon y profundizó la tendencia hacia la izquierda. Lástima que por oportunismo político, Marx escribe luego pestes sobre Proudhon, el hombre humilde que pensaba que los propios trabajadores deberían escribir la teoría política, no los intelectuales que se empezaron a llamar, ellos mismos, profesionales de la revolución.

 

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