Una vuelta a la historia de La Red Ciega

 Miguel Ildefonso

Los 21 cuentos o relatos breves que conforman La red ciega (Hipocampo Editores, 2008)  de Carlos M. Gutiérrez no solo son una exquisita compilación de juegos metaliterarios, con citas y homenajes (llámese Borges, Monterroso, Cervantes, el esperpento de Valle Inclán o la greguería de Gómez de la Serna), en donde campean la sátira, el sarcasmo y la parodia; también es la metáfora de la imposibilidad del hombre de enfrentarse a la eternidad, de volver al pasado para reinventarlo, de modificar el destino, de vencer en el amor, de matar a la muerte o al hastío: es el Aleph o, específicamente, la cueva de Montesinos, en donde se borra la frontera entre la realidad ficcional y la realidad real, en donde el sueño es la vigilia, y la vigilia la literatura, en donde el narrador se hace lector, y el lector protagonista. Dios aquí no existe, porque no es necesario, nos dice el narrador. O en todo caso, dios es otro narrador más en este mundo que necesita recrearse de tiempo en tiempo. Para este fin Carlos M. Gutiérrez aborda sus historias desde diferentes niveles narrativos, buscando la palabra adecuada y la vuelta de tuerca a lo real o lo esperado como, en muchos casos, con los finales sorpresa, creando para ello una atmósfera verbal que ayude a compenetrar al lector en los fantásticos sucesos y en sus cultas digresiones. En esta red de influencias y relecturas, hallamos a personajes hábilmente demarcados como el esperpéntico Hijo de Puta. Si Cortazar pudo crear a sus sesenteros cronopios y famas, Gutiérrez, por qué no, puede hacer lo mismo con su Hijo de Puta. Y, hay que aclarar, que no es ninguna alusión al calificativo que le dio el economista Hernando de Soto a Mario Vargas Llosa hace unos años atrás cuando se enemistaron. Cito el inicio del cuento Elogio del Hijo de Puta: “Un servidor siempre ha pensado que el Hombre es un animal sentimental que adolece de dos limitaciones: animalidad y sentimentalidad. El hijo de puta, mientras, sólo está menoscabado por su condición ferina, lo que no deja de ser ventaja indudable; aunque, ahora que reparo en ello, a ver por qué no va a haber hijos de puta sentimentales, de esos que, abandonando el traje de hijoputa de entre semana, visitan a su madre los domingos y fiestas de guardar.” Es así que esta red ciega nos atrapa sin discriminar a ningún lector, sin demasiado cultismo para el común y sin llaneza para el erudito. Sus historias apelan a la experiencia, están obsesionadas por la literatura pero siempre que tenga que ver con las pulsaciones más ininteligibles del devenir -quizás para resolver algún misterio-, esos múltiples referentes culturales están para atar sus hilos más secretos y así poder penetrar más al fondo de estas aguas encantadas. “Naufrago de la Historia” dice el narrador, en el primer relato del libro, de un Don Quijote extraviado, cuando cae abatido por el cansancio y la tristeza en un lugar lejano; podríamos decir, entonces, que La red ciega es esa vuelta a la Historia, es esa red que nos salvará del naufragio para seguir soñando como Cervantes con los ojos abiertos ante los nuevos molinos del presente y del futuro.

Portada del Sol, 2009

 

 

 

 

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