La estética de la palabra en La Red Ciega
Carlos Rengifo
La lectura de La red ciega (Hipocampo Editores, 2008) me ha producido algunas impresiones, una de las cuales encierra, a mi entender, el primer fin, objetivo o deber de la escritura: el trabajo cuidadoso, sólido y estético de la palabra. Lo primero que uno siente, al ingresar a este libro, es que está frente a textos laboriosamente construidos, por encima de las temáticas que, a pesar de sus diferencias, no escapan a una cierta armonía que une al conjunto. Son textos breves y, por ello, de una concentración que da paso a la sugerencia, al guiño, a la complicidad con el lector. El lenguaje se nos presenta con una nitidez que llega, incluso, en algunos casos, a tomar la batuta del concierto narrativo y sale airoso y triunfante como conductor principal de lo que allí se cuenta. Personajes como Don Quijote o Caperucita Roja son vistos con otros ojos, son tratados de otra manera, abordados desde otro ángulo, dándoles una vuelta de tuerca que culmina con una moraleja distinta. No hay nada ceremonioso en este libro. Por momentos, el autor pareciera que jugara, que quisiera simplemente divertirse, y da rienda suelta a sus gustos particulares, tiende celadas para atrapar a los despistados, deja entre líneas una sonrisa cauta que refleja el tono lúdico de sus propósitos.
El libro se abre con la referencia al icono literario del idioma español y culmina con el ratón transgénico que gana un premio literario, celebrado como es debido por la fauna letrada y todo ese figuretismo gremial. En el interín de los otros relatos, asistimos a la obsesión perfeccionista de llevar al límite un oficio dramático; la lucha simbólica y llena de recovecos por obtener un triunfo; el caos citadino trasmutado en frenesí y sensualidad; el cumpleaños más triste del mundo; las reflexiones de un asesino enamorado de su víctima; la patética búsqueda de un jamonero por encontrar a su “media naranja”, supeditada a los cánones publicitarios y faranduleros; el personaje que se cansa de ser personaje e intenta atravesar el umbral de los límites ficcionales; y, en fin, el homenaje a autores y libros delineados curiosamente en la red ciega. Todo ello, entre el sabor agradable de los buenos vocablos y el adjetivo decoroso, entre la dimensión del signo en su frágil batalla de forma y contenido, sabiendo que aquello que degustamos es el resultado de unas judías bien preparadas, de unos mejillones con aires de dejarnos satisfechos y relamiéndonos de gozo.
Julio Cortázar, maestro del cuento, teorizó muchas veces sobre la elaboración de los relatos cortos y su impacto en el lector. Para él, al igual que para Allan Poe, Maupassant, Borges, Chejov, este resulta siendo el género mayor, por encima de la novela, que ahora, por una cuestión sobre todo de marketing, se ha convertido en la vedette del negocio literario. Sin embargo, por su precisión y estructura, por su tejido de filigrana en algunos casos, es el cuento el que debería llevarse todas las palmas, pues allí podemos ver con mayor claridad el arte de la literatura. Es en el cuento donde convergen en su esencia los brillos de una pequeña joya literaria, a la que se llega y disfruta de una sola sentada. No es extraño entonces que quienes deseen incursionar en el terreno pródigo de la belleza escritural, apuesten por el relato corto y sus múltiples posibilidades de abordarlo. En La red ciega vemos esa intención, la de explorar el lenguaje en algunas de sus diversas variables, sin olvidar tampoco el contenido, lo que habrá de darle la vida y sustancia que requiere lo que se narra y muestra.
En estos tiempos de rapidez, ligereza e Internet, ahora que la hojeada o vistazo ha reemplazado a la lectura reconcentrada y sostenida, un libro como La red ciega podría ser la bisagra que invite a lecturas mayores y fortalezca el liderazgo de la palabra bien escrita, ya que de su corta extensión se desprende todo un mundo de caminos y subvías para ver panoramas motivadores y llenos de significados que solo puede ofrecer el cofrecillo interminable de las bellas letras.
