Las 16 historias de animales de Hernando Cortés

dieciseis2 ok De Hernando Cortés Mendoza (Piura, 1928) se conoce una vida dedicada al teatro, tanto como autor, actor y director de escena. Fruto de ello tenemos cerca de setenta y cinco obras de teatro. Autor prolífico, no sólo es un maestro del teatro peruano que durante toda su vida ha enseñado en San Marcos y colaborado en revistas y diarios, es también un excelente narrador que tiene un par de novelas inéditas y que ahora entrega los relatos 16 historias de animales.

Abre el libro una cábala de 1+6=7, lo primero es 16 y ello suma siete formas o verdades conocidas: 7 número sagrado, 7 días de la Creación, Siete días de la Semana, Siete Sacramentos, Siete notas de la Escala Musical, El Sétimo cielo, etc.

Cada relato es una expresión intimista de mirar a estos 16 animales a través de su comportamiento cotidiano, que juegan traviesos en la memoria de un narrador objetivo y ducho en el manejo del lenguaje que va tomando la voz de estos seres bellos y curiosamente comunes para darles otro significado existencial, humanizando parte de ellos, pero a la vez mostrando el lado trágico de la vida que el hombre dispone sobre los otros seres indefensos y sujetos a su dominio.

Así desfilan las imágenes rápidas como la Abeja incansable, el Perrito faldero o gozque, el Elefante cautivo, el Canario que no cantó más, la Liebre “que da brincos, salta y llora” y que un buen día perdió el corazón.

Y, también, están  los Microbios que no pueden dibujarse por ser infinitos, el Oso que se exhibe en el museo y que “es feliz”, el pavo real con “ese cachet del que se sabe rey”, o esa Paloma en gris -la famosa que pintó Picasso en una lona de teatro-, el Caballo desgarbado y triste, tal Rocinante que no lamenta nada, y el Pez rojo “detenido en el mismo lugar en que lo dejó el pincel de Klee”.

16 historias de animales que se completan con Duque, el perro pastor, a quien confunden con su amo y lo asesinan, el Gallo rojo que gobierna un corral, la Fiera que convenció a todos para que reinara la felicidad que no duraría pues volvió “el mundo de la rapiña y la crueldad”, o el Dragón que crece para dar batalla y liderar ejércitos.

Todas estas historias concluyen en el animal que somos: el hombre. Es el relato más corto y contundente: “Un hombre es todos los hombres. Es el hombre. Todos lo conocemos. Es el animalito indefenso que todos amamos. Pero es un dios. Es Dios. Y nada ni nadie podrá prevalecer sobre él”.

 

Teófilo Gutiérrez J.

La Rica Vicky, marxo de 2009

 

 

16 historias animales. Hernando Cortés. Hipocampo Editores, 2008. 48 pp.

La ciudad de los culpables*: a pesar de todo la esperanza

 

Niko Velita Palacín

La ciudad de los culpables (2007) es la primera novela de Rafael Inocente. En este libro, Orlando Zapata se configura como narrador principal. Alrededor de él, otros personajes: Sebastián, Lucía, David, Julia, Sofía. Todos ellos de extracción popular. Viven en asentamientos humanos: Collique, Vitarte y Canto Grande. Son personajes que trabajan y estudian para sobrevivir en la Ciudad Enferma, pero también saben del amor y la sexualidad. Es una mirada completa a la vida de tales seres que poco a poco se van involucrando en las luchas sociales. Son tiempos donde hay que definirse. Pero la represión también es dura. Algunos de elloserán asesinados y otros encarcelados. Es una visión de la guerra de los hombres de abajo. De esos hombres que viven en la ciudad donde los agentes del Estado pueden asesinarlos sin recibir ningún castigo.

Acerca de la izquierda revisionista

En una sociedad en plena lucha de tipo clasista, la que se presenta en la obra, no puede faltar un grupo de individuos que se apropian del discurso de defensor del pueblo; sin embargo, sus actitudes muestran todo lo contrario. No son otra cosa que unos imitadores de los tan criticados opresores. Así, en boca de una izquierdista, será natural decir: “¡Oye, Renato, dile a la chola que me pase la sal!” (49). Tal definición para una trabajadora del hogar que, según verborrea de la izquierda, es gente explotada; sin embargo, el trato que recibe, de quien se supone defensora de tal clase social, se compara con la de de un vil explotador y racista incluso, por eso “la izquierda peruana… eran unos rabanitos, rojos por fuera y blancos por dentro… eran unos miserables revisionistas” (50).

La expresión musical también se tiñe de política. Cada facción en pugna, escoge la forma musical para cantar sus vivencias y sueños. De esta manera, copar el escenario del Perú para llevar adelante su proyecto político. “Lo más graneado de la pituquería progre aplaudió eufonizada a escritores y músicos de lo que llamaron la nueva canción latinoamericana, esos que nunca quedan mal con nadie y que solo cantaron protesta hasta que cayó el muro…” (67). La izquierda ha claudicado, pero se necesita de una música que exprese la nueva situación, donde la fuerza del colectivo haga sentir su presencia. “Llegaron sendas tropas de sikuris de San Marcos, de La Cantuta y de la UNI. Al grito ancestral de ¡Cha’mampi, cha’mampi compañeros!, se inició la fiesta colectiva. La pituquería de la Agraria, temerosa de lo que ellos llamaban la ‘terrucada’, solo contemplaba, impávida, la fuerza del ritual preínca, la danza de los sikuris” (90).

Papel de las fuerzas policías y militares

El Estado necesita de instituciones represivas para defenderse. Esa necesidad hace que “el policía (sea) reclutado de entre las gentes del más bajo nivel intelectual- casi fronterizos, la mayoría, canallas…” (133). Los agentes represores participan en desapariciones y asesinatos con la seguridad de ser intocables. Tal accionar no se inicia con la guerra interna. Es una práctica anterior a ella. “A los dos meses, Elmer Gárate, el percusionista del grupo, apareció baleado en pleno centro de Arequipa. El gordo Aragón debió escapar a Ecuador, pues lo seguían. ¿Cuál fue su delito? Hacer música, formar sindicatos, no frenar su lengua, no bajarse los pantalones por un plato de lentejas” (44). Eso en 1979. Sin embargo, una vez que se inicia la guerra tal escena se vuelve una constante. “Habían encontrado varios cadáveres con huellas de torturas en una playa de Ventanilla” (85). A nadie se le ocurre defender a unos pobladores pobres de origen andino que viven en asentamientos humanos. Por eso la crueldad y el salvajismo se presentan casi con naturalidad. “Don Félix fue baleado a quemarropa, cuando intentó defender a la niña… Paula fue violada primero por el suboficial, con toda saña y despotismo de los que puede hacer gala un soldado envilecido, (luego) atinó a descerrajar dos tiros en el pecho de Paula” (214).

Desaliento y pesimismo, pero la esperanza se vislumbra

En el desarrollo de la guerra, algunos entregan su vida en un acto voluntario por sus ideales, pero otros no están dispuestos a hacerlo. No por cobardía, sino porque “cualquier fascista que propague una idea en el Perú puede ser exitoso, porque lo que manejan este país son mierda y entre mierdas coinciden; el japonés tiene apoyo porque su punto de vista de las cosas, su ideología y su programa son similares a la estructura mental de la mayoría de individuos que componen este rebaño llamado pueblo peruano” (92). El pueblo es una tropa de imbéciles que se puede manipular fácilmente. Luego, resulta absurdo inmolarse. Ese es una manera de ver el mundo. Pesimismo radical. Sin embargo, también están los que postulan otras alternativas. Su desaliento no es, más bien, de quienes hacen política. “Cuando decidí internarme acá en el monte, cuando decidí hacer mi hogar con este pueblo, lo hice para terminar con la influencia de las costumbres e ideas de la ciudad, para olvidar las discusiones de reaccionarios y revolucionarios, para beber de la tierra y sin nada que perturbe mi mente…” (227). Una visión diferente donde “sólo las masas cobrizas conscientes liberarán al Perú, no ningún calco ni copia de Marx o Mariátegui” (244). Ni comunismo, ni capitalismo. Ese discurso velasquista. En la cola de desalientos y pesimismos no puede faltar de los que, en un momento de euforia rebelde, se adscribieron a la causa popular. Pero la cárcel, esa soledad forzada, quiebra el alma rebelde. Esa cárcel hecha exclusivamente para quebrar a los más recalcitrantes. La Cárcel de Challapalca con el poder de enfriar las convicciones y los ideales. “Por lo pronto quiere salir de allí… está decepcionado de su propia gente y realmente quiere romper con su actitud de ‘duro’…” (266).

Después de tanto golpe pareciera que el caos se apropió del mundo y que no existe solución para ello. Desaliento y pesimismo que se traduce en las relaciones sociales. Pero no todo es así. Aún queda algo de ilusión y esperanza. Este mundo no puede ser siempre el lugar donde los sátrapas abunden y hagan lo que quieran. “…no está muerto el ideal… ni muertas nuestras manos” (260). Es que “a pesar del pesimismo y el desaliento, nunca está más oscuro que cuando va a amanecer” (270).

Ese camino peligroso de las ideas

Las ideas se desarrollan de acuerdo a las necesidades y las vivencias. Mientras esto sea una cuestión netamente personal y empírico no pasa de ser inofensivo, pero cuando ya se eleva a lo social y teórico genera conflictos de diversos niveles, incluso, la guerra. Tal confrontación en el plano de las ideas se presenta en la sociedad ya sea académica o no. “El ignorante profesor de economía confundió (a un aprista) con senderista o martaquito” (88). Son épocas en la cual todo indivicuo asume una posición ideológica.

Un trabajador joven, que siente que se le explota o que ha visto a sus padres partirse el lomo para construir una casita o sobrevivir, tiene una visión particular de lo que sucede en su contexto. “Entrar en contacto con la gente de las fábricas me permitiría también saciar mis inquietudes políticas y conocer algo más de los compañeros que nos visitaban en el mercado los fines de semana, para impartir formación política y para recolectar y las colaboraciones (menestras, frutas, verduras, carne, lo que fuese) que por voluntad propia realizábamos en el mercado” (51). También a las mujeres que trabajan desde niñas les toca la puerta la formación ideológica. Lavado de cerebro, dirán algunos. “A los seis años me convertí en una especie de madre sustituta de mis dos hermanos menores, pues mi padre salía temprano a trabajar” (25), luego de años “David fue quien me condujo por los caminos de la gran literatura, fue quien me enseñó a disfrutar y apreciar el buen rock en inglés, que yo casi detestaba porque no lo comprendía, fue el primero a quien escuché hablar de proletariado, lucha de clases y subproletariado…” (58). Lucía, con esa actitud de mujer que no inclina la cabeza ante nadie, asume su papel protagónico en ese lucha ideológica. La muerte no se hace esperar. La visitante no es de capucha negra y guadaña, sino de uniforme verde y pistola. Otra es la historia de Orlando Zapata, quien, “luego de seis meses de preparación, más política que académica, en la ADUNI” (62), se volvió universitario, aunque no concluyó la carrera. Cuando deja la universidad dice: “recuperé esa capacidad de conexión entre el cerebro límbico y la corteza cerebral, es decir, esa vital complicidad entre las emociones y la razón… yo era un prófugo de la ciencia y su método y que en todo caso prefería el conocimiento directo de la intuición y el latido a ser un asalariado de las grandes empresas, autodenominado científico” (253). Es una percepción de la universidad en el campo de las ideas que coincide con otro personaje, Sebastián: “No se aprende a escribir en una universidad dirigida por delincuentes y regentada por profesores que se alquilan como prostitutas” (158). Sin embargo, a Orlando, inocente, le espera la cárcel, “Porque en el Perú es delito saludar y estrechar la mano a un amigo; porque en el Perú es delito leer libros que los inquisidores consideran subversivos; porque en el Perú es delito no frenar tu lengua ante la injusticia” (251). Otra habría sido la historia “si dejaba a un lado mi carácter insurrecto y rupturista” (256). Pero tuvo que entrar a lidiar en ese campo peligroso de las ideas y eso basta para que “un Tribunal Militar de encapuchados, sin ninguna prueba, y en un juicio que duró diez minutos, me condenaron a veinte años de prisión” (252).

(Rafael Inocente. La ciudad de los culpables. Editorial Zignos. Lima. 2007).

 

LA PALABRA SINCERA DE KAWIDE 

Teófilo Villacorta Kawide

Estoy leyendo La ciudad de los culpables de Rafael Inocente, injustamente poco difundida y comentada por la crítica y los medios, ya que se trata de una extraordinaria novela que retrata las inevitables y dramáticas circunstancias que coexistieron en nuestra sociedad, como es la violencia política, y que tuvo su hervor en la década de los 90. El autor narra con una prosa rica y fluida que alcanza la originalidad cuando introduce expresiones altisonantes muy propias de la urbe, pero con un toque personal que lo hace distinto de los demás, y que deja además un gustillo irónico y complaciente a pesar de la dureza de los hechos que registra. Estoy seguro de que en cada parte o capítulo -en algunos casos cortos, pero contundentes- se encuentra retratado el autor ya que hasta donde sé, Rafael fue y es aún un irrefrenable militante socialista por convicción y formación, y en su novela no hace más que evocar las etapas convulsas que le tocó vivir, condimentadas con esos hechos inauditos y sorprendentes que nos entrega a diario esta gran urbe como es Lima. Estoy seguro de que el tiempo hará justicia a esta importante novela.

Diario La República (

 

 

Fredy Roncalla, un Chalhuanca en el Quinto Suyo Neoyorkino

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Fredy Amílcar Roncalla nació en Chalhuanca en 1953. Es autor de  Escritos Mitimaes: hacia una poética andina postmoderna. Barro Editorial Press. New York 1998. Y de Canto de Pájaro o Invocación a la Palabra. Ithaca Buffon Press, 1984. Tiene publicados artículos, poemas y traducciones del quechua en diversas revistas. Desde  hace un par de décadas reside en el Quinto Suyo Neoyorkino.

Para Fredy Roncalla, vivir en una ciudad cosmopolita y multicultural como Nueva York, donde ha recalado por un momento largo de su vida, ha significado simplemente trasladar sus demonios íntegros de peruanidad y búsqueda dentro de una comunidad más amplia y donde confluye la diáspora intelectual de todos los rincones de un mundo global.

Roncalla es un escritor que mantiene vivas las raíces de la patria andina y latente la bella suavidad de la herencia castellana en su narrativa. Es una mezcla dialéctica que nos traslada a un universo de tierna composición y precisa ficción. HIPOBLOG, publica estos dos relatos para que irradian más luz sobre su hacedor:

 

TAKA

 

Taka nació para ser libre y correr entre vientos, ichu y extensos pajonales. Por eso, cuando vivió con nosotros en las apretadas quebradas de Huaraqo, mas abajito que Chalhuanca, no había cerco ni lazo que lo sujetara pese a ser taka al cuadrado: pequeño potrillo negro chiwillo y con la cola cortada. Era toro matrero que jalaba a los laseadores cual simples charamoscas, pero en el fondo tenía la travesura de un chivato, y el corazón tan grande como el del Pawkila, de Perlascha, y el del  burro Azulejo, sobre los cuales los niños podíamos sentarnos en mancha.

Cuando vivíamos cerca al cielo solíamos hacer largos viajes por cabeceras de ríos, queñuales, nubes cercanas  y bosques de piedras, desde donde un sol de cara redonda y sonriente podía saludar como amigo a un niño extraviado en el infinito. Pero fue en otro viaje, tras visitar un layme con wachus de papas subiendo una ladera empinada, que regresaba junto a mis padres y al tío  Lolo montado a pelo en un burro chusco. Los burros son más vivos que un zorro y en  un  pim, parampampam, se  meten bajo una rama o se avientan a un abismo para sacarte de encima. Tampoco les gusta las sequias  y saltan sobre ellas así no tengan agua. Fue ahí que mi padre me prometió un potrillo si lograba mantenerme encima del burro que ya iba en viada.

Dicen que lo trajeron  desde donde las vicuñas adornan el horizonte y los toros matreros arrastran  largas colas sobre pasto y piedra. De allí el brío de sus patas levantadas al aire tratando de librarse de los lasos de los domadores cuando lo vi por primera vez. Lo jalaban de un lado para otro para cansarlo corriendo en círculos,  pero a los dos días aun nadie lo había montado. Sería por eso que le cortaron la cola  y en su lugar creció un  gran penacho de Taka distinguido. Jamás en esos lugares hubo potrillo de cola  parada como gallo ajiseco.

Cuando bajó a las quebradas andaba suelto en laymes y pastizales. Dicen que las yeguas lo adoraban  y que alguna lo vino a ver cruzando el río Chalhuanca desde la otra banda. Y que tanto abigeos como  arrieros de Pampachiri intentaron vanamente llevárselo. Así conozca a su dueño y este  le hable dulcemente,  lo guíe a toqllas,  o lo corretee con lazos, un caballo a campo abierto demora en cogerse. Mucho más un Taka rebelde  y veloz. Por eso fueron pocas las veces  en que lo vi montado y mi orgullo de dueño solo asomaba cuando escuchaba sus historias.

Pero hubo una vez que Taka andaba tranquilo, se dejó montar, y estuvo en el corral por unos cuantos días. Era el momento de hacer migas y una tarde me lo llevé cuesta abajo,  amarrado con una soguilla, camino a Wanchuni. Me siguió tranquilo y lo vi comer su buen pasto en un viejo andén. Al momento de regresar, decidí subir montado a pelo. Caminó tranquilo un buen trecho, pero he aquí que a un chiwaco se le ocurre salir volando justo en sus narices. Taka se asustó y dió un  brinco adelante. Yo que andaba pensando en las musarañas caí desprevenido y fui a dar de nuca sobre una piedra inmensa.

No sé cuanto estuve privado. Tampoco sé si todo era negro o si habían círculos dando vuelta en embudo. Pero cuando desperté tirado encima de las piedras y en medio de las patas traseras de mi caballo, vi que el famoso chúcaro no se había movido ni un paso, sabiendo acaso que si lo hacia me rompía las costillas o algún otro hueso. Suficiente tenía con el chichón  de la nuca que dentro del sombrero me crecía como una cabeza de yapa. Cuando logré levantarme sin que trastabille y empecé el camino arriba jalándolo de la soga, comprendí que acaso fue una imprudencia montarlo. Pero jamás hubiese sabido que la nobleza de un caballo rebelde siempre  protege a sus seres queridos.

Quizás esa vez estuvo con nosotros sólo para darnos aquella caminata por Wanchuni, porque al poco tiempo se escapó y nunca supimos de él. Pueda que  los arrieros de Pampachiri le trajeran una yegua especial, o que lo llamaron los campos abiertos de la puna alta. Mi caballo nació para ser libre y llevarme con su trote más allá del horizonte.

 Kearny, junio 7 de 2006

 

 

 VIAJE A LA CHINA

 

Estaba convencido que el mundo era chamu y chamu. Y que sentarse en el patio viendo la lluvia avanzar tras los cerros a coro con el hondo sonido del río Chalhuanca te llevaba lejos. El mundo arrugado tenía la ventaja de ver la neblina subir, pasar por tu casa, y seguir  hacia arriba  para dejar al cerro con el rostro enjuagado y con una sonrisa más amplia que el mediodía. Aunque uno debía  esperar que el sol fuera alejando las sombras de la noche en la quebrada, hasta llegar a ti y darte un calorcito de mate de yerba buena o leche recién ordeñada.

Pero en esos raros momentos que prestaba atención a las clases, la maestra me contó que la tierra era redonda. Y que justo al otro lado estaba la China. De ese lugar sólo sabía que el chino José brillaba como un lunar entre los cholos Chalhuanquinos. Pero no me tinkaba que la tierra y  los inmóviles cerros dieran vueltas.

Como siempre dudaba de mis profesores, decidí comprobar el asunto con mis propias manos. Saqué una pala y un pico de la despensa y desalojé a las gallinas de su vano oficio de buscar piedritas y semillas en el patio. Decidí cavar  un hueco hasta el otro lado del mundo para conocer la misteriosa China.

Mi bisabuela me dejó tranquilo y el perro apenas abrió medio ojo para ver qué onda. Sólo el layqa Sotelo dijo algo y se fue ladera abajo. Inmutable, empecé a cavar. Pasada la capa apisonada de chapitas, las botellas rotas y el cascajo menudo, me encontré con unos pedrones. Pero sabía que lo mejor era ir llevando el hueco por los lados. Lo mismo con las raíces del eucalipto y los alisos. Moviéndose de un lado a otro el túnel avanzaba a ritmo seguro.

Bajando hasta la altura de un sauce donde los gavilanes iban a descansar tirándose en picada, quise saber dónde estaba  y doblé el túnel a la superficie. El layqa Sotelo ya estaba ahí. Dijo que llegaría a  la China mucho después y se fue de nuevo. Como el oficio del layqa era asustar a los niños no le hice caso y continué con mi hueco.

A la altura de Wanchuni el riachuelo ya era un torrente sonoro y estaba bordeado de grandes helechos. Adentro la tierra se hacía húmeda y amenazaba con llenar el túnel de agua. Doblé  hacia la derecha como buscando pase. Pero este se demoraba y tuve que seguir un buen trecho.

Poco a poco la tierra se hacía más clara y había como una luz que brillaba tras las piedras. Cavé más rápido y llegué a una serie de cascadas tras las cuales vi unos hermosos cuartos y columnas doradas, con el piso y el aire de vapores  blancos y celestes. Era un lugar tranquilo, acogedor, casi conocido de mucho antes. Pero no había  a quien preguntarle si éste era un recinto escondido de la Ciudad Prohibida. Lo más probable es que fuera uno de tantos pueblos  que los antiguos dejaron conectados con hermosas chinganas que recorrían el mundo. Fuí cuarto tras cuarto buscando por donde conectar mi túnel  rumbo a China, pero al final me ganó el cansancio y estuve a punto de dormirme. Entonces el layqa pasó por mi lado y me tiró unas hojas de coca sin decir nada.

Cuando desperté las gallinas picoteaban lombrices en el suelo revuelto, pero el perro no movió ni una pestaña.

Con los años supe que la ciudad al lado de Wanchuni era la morada a la que habría de retornar en muchos sueños. Y que la nostalgia de esa luz me haría buscarla en la Cueva de los Pavas de Tingo María, en  los Baños de la Juventud en Churín,  en las cascadas de Ithaca, y en varias partes del norte, donde escribir es  volver a los hondos caminos.

Aun no he llegado a la China, pero le cuento a mi esposa cómo quise conocerla abriendo un hueco a través del planeta. Se alegra y me dice que algún día iremos juntos. Ella nació al norte de Beijing, que es a donde pudo llegar mi túnel.

Kearny 8 de mayo 2006

 

 

 

 

Autobiografía de Santiváñez

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 Róger Santiváñez es un amigo entrañable para Hipocampo Editores. En este espacio les entregamos, amables lectores, un reciente texto donde nos habla de su origen y la única razón de existencia: la poesía; una forma de vida plena de pasión indesmayable.

Alphabeti  Mysteria

Provengo del daimon griego Orpheus, el prístino poeta y shaman del período axial hacia la era logocéntrica,  cuya expresión –la Oyma-  era también música y la manera de cantar; es decir, la cabala sapientum que ha de permitir nuestro desplazamiento entre los conflictos de una existencia básicamente trágica. La sucesión no es explícita sino tácita. Robert Frost lo moduló así: The golden line of Lyric is a golden light divine.

Piura- Provincia Deserta- con sus casas patricias me otorgó el ideal de l’absence, la perfección que nunca está realmente presente y el silencio que es más musical que cualquier melodía. La búsqueda de un mundo más real que el de los sentidos actuales.

Pero la neblina irisada de Lima me enseñó que la poesía debe ser una crítica de la vida. The objective in writing is to reveal anunció William Carlos Williams. Y después (o antes) Dios, que se constituye en un estado eterno de la mente y el corazón. Esto implica la búsqueda de la belleza utópica. No en vano tenemos esta traslación de Mallarmé: After I had found Nothingness I found Beauty. La Donzella Beata, es decir la mujer que di cherubica luce uno esplendore (Dante) nos ofrece en esta tierra. Entonces nace el poema. Y la felicidad parece interminable: musa venit carmine / dulci modulamine. Ella deviene la alegría al cantor porque trae la canción. La poesía comparte su ser con la música desde el momento en que el fraseo verbal está compuesto por sonidos articulados, aun cuando la música en poesía no es algo que exista aparte de su significado. Clavis arcanorum. Robert Creeley lo sintetiza así: I came awake to the blue / white light in the darkness, / and felt as if someone / were there, waiting, alone.

roger santiváñez            Mandorla, marzo10 de 2009

 

Guía del espacio interior

Sobre César Ávalos y “ningún lugar dentro”

Tu espíritu nunca se conformó
con los estrechos confines
que la naturaleza nos impone.
Cicerónlugar

Si algo aprendimos de los romanos es que la ambición termina siendo cobrada por la soledad. Es de esa forma que el difícil preludio y camino de nuestras vidas tiene un escaso espacio para desenvolver las esperanzas, metas o en casos certeros: superar nuestros tropiezos.

Nos aleccionan recordándonos que sólo la inteligencia puede poner equilibrio a nuestras vidas, que hacer lo correcto y decidir por la seguridad es el camino indicado para recobrarnos como ciudadanos, y puede ser cierto. Pero al final eso también termina siendo una pantalla que tendrá que anidar la carga de no haber trazado un destino sincero o haberse detenido a escuchar el llamado de las cosas que han sido quebradas (las imágenes de su recuerdo ya no coincidían con la realidad. Pág. 7). Sólo un poeta, aún en estos tiempos difíciles, es el indicado para sentirlo, entenderlo y elevar las palabras acordes, aun cuando estas no tengan el alcance amplio o en el peor de los casos no llegan a los receptores deseados.

¿Entonces por qué el intento? Es ahí donde los estudios terminan. Las predicciones se agotan, el sistema no encaja en el mundo que se construye en oferta y demanda, es ahí que todo vuelve a ser oscuro y también al mismo tiempo luminoso (Que todo se destruya como el libro mismo y las historias no resistan las zonas de la superficie. Pág. 10). Un poeta merece un hogar, y en esa búsqueda no merece ser comparado con nadie, por más que su dolor o dicha sea establecida en la misma sintonía, o en la carretera que es igual de amplia y ajena para todos; un poeta es un espacio al que tendremos que recurrir cuando las llaves del carro no funcionen.

César Ávalos sabe que su espacio es o fue, queda ahí grabado su cuota de misterio, sagrado, (la certeza de un cuerpo existe cuando ya nada (de ese otro cuerpo) existe. Pág. 15), sus aciertos y equivocaciones son rituales que al ha llevado a cabo con una total entereza, con una imagen noble que proyecta porque él es así, con esa limpieza para expresar lo que siente y lo que calla, lo que espera aún en la desesperanza. (Ni siquiera las palabras se soportaban a sí mismas. Pág. 18). Él sigue limpiando sus lentes, resaltando sus pupilas donde se estrella la noche y algunas materias mágicas satisfacen pero no alcanza. (El rito, lo tenía agitado. Pág. 5) Nadie llega nunca a saber lo que quiere un poeta, pero un poeta merece ser querido. Su confusión no es a propósito, sus verbos no están puestos por la moda o la vergüenza, tienen ética y complicidad, y en eso radica su infinito romanticismo. Y esto ultimo nos hace participes de la fiesta o el Apocalipsis de no saber donde caer mañana. (“Para cuando la primavera llegue ya me habré ido” Pág. 17 ) César no sólo ha logrado la pureza en unas líneas, ha logrado dejar señales claras que si llegan a los receptores deseados serán suficientes, por eso su conclusión de “ningún lugar dentro” porque ahí todo puede estar oscuro y sólo nos encontraremos cuanto todo emerja hacia fuera y tendremos que terminar por fin nuestro humano rompecabezas.

Los romanos no debieron apuñalar a César. Hoy en cualquier lugar que puede ser un “no lugar”, lejos de las ambiciones terrenales, podemos encontrarnos las caras y compartir nuestras vidas en el espacio que merecemos, sólo así descubriremos que la poesía es lo único que hace perder volumen a nuestras culpas.

Alex Sifuentes
noviembre del 2008

Murió Blanca Varela

blanca-varela-caratulaLa poesía es una sola.
Blanca Varela



Hoy falleció la brillante poeta Blanca Varela a los 82 años de edad. Sin duda alguna, es la poeta peruana que trasciende a la universalidad y su obra ha sido distinguida con el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, 2001, el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca en el 2006 y también el Premio Reina Sofía Iberoamericana en el 2007.

Libros como Ese puerto existe, Luz del día, Valses y otras falsas confesiones, Ejercicios materiales, El libro de barro, Concierto animal, etc. son parte de una extraordinaria voz poética que está como flotando, por siempre:

 

Juego amoroso

Las manos a la altura del aire
a dos o tres centímetros del vacío
no se mirará nada preciso
la polvareda que pasa
el inesperado cortejo de plumas
arrancadas al vuelo
la nubecilla rosada y tonta
que ya no es
el cierraojos y el ábrelos
en la breve opacidad
de una luz que no se ve
y el sueño pies de goma
y azules y brillantes
las estrellas
rientes
párpado sobre párpado
labio contra labio
piel demorada sobre otra
llagada y reluciente
hogueras
eso haremos a solas

 

Así debe ser

Así debe ser el rostro de dios
el cielo rabiosamente cruzado
por nubes grises, violetas
y naranjas
y su voz
el mar de abajo
diciendo siempre lo mismo
tan monótono
tan monótono
como el primer
y el último día

Nadie nos dice

Nadie nos dice cómo
voltear la cara contra la pared
y
morirnos sencillamente
así como lo hicieron el gato
o el perro de la casa
o el elefante
que caminó en pos de su agonía
como quien va
a una impostergable ceremonia
batiendo orejas
al compás
del cadencioso resuello
de su trompa
sólo en el reino animal
hay ejemplares de tal
comportamiento
cambiar el paso
acercarse
y oler lo ya vivido
y dar la vuelta
sencillamente
dar la vuelta

Enlaces sobre la noticia:

Link: Murió la reconocida poeta peruana Blanca Varela a los 82 años de edad
Link: Falleció la gran poeta peruana Blanca Varela a los 82 años de edad

 Entrevista:
http://www.festivaldepoesiademedellin.org/pub.php/es/Diario/04_11_11_08.html

El universo de la Red Ciega de Carlos M. Gutiérrez

PARTES-COREL ok

 Carlos M. Gutiérrez.

Nació en Ameyugo, España, 1965. Actualmente es profesor de literatura del Siglo de Oro en la Universidad de Cincinnati, USA. Ha sido profesor en las universidades de Valladolid (España), Estrasburgo (Francia) y Arizona State (USA). Al excelente estudio La espada, el rayo y la pluma; Quevedo y los campos literarios y de poder (Pardue UP, 2005) se suma la colección de relatos Déjemonos de cuentos (Valladolid: Grammalea, 1994) y también diversos ensayos, relatos artículos y reseñas.

PARTES-COREL ok

Portada del libro La Red Ciega. Hipocampo Editores, Lima, diciembre de 2008. Diseño de Alex Sifuentes.

Plenipotencia de España: La Red Ciega

José Pancorvo

 

Por culpa de la influencia mediática tendemos hoy a ver a España como una especie de mona de la llamada Unión Europea, pero aquí, en cambio, vemos que España sigue siendo una leona de la cultura europea y occidental.

Vemos, por ejemplo, y en primer lugar, el ingenio universalista clásico español. En este libro, La Red Ciega, nos deleitamos con un caleidoscopio de informadísimas y amenísimas referencias literarias supranacionales y supraseculares; un examen de libros y mentalidades como hicieron, en el Siglo de Oro universalista, Gracián en el “Criticón” y en la “Agudeza”, Quevedo en sus libros “España defendida y los tiempos de ahora”, “Los Sueños” y “Mundo Caduco y desvaríos de la edad”, Saavedra Fajardo en su “República Literaria”, y cientos de otros. En segundo lugar, vemos en él otro importante trazo de españolidad insobornable y clásica: la contundencia.

Mientras nos deslizamos por lo light y por la lenidad y por la sosería, y se lima el filo de las lenguas en lo que se refiere a calificaciones severas, justos insultos y dicterios iluminadores, Carlos M. Gutiérrez lanza la andanada sonora de sus dicterios, los hay clásicos, coloquiales, castizos, cultos y neológicos. Un solo ejemplo iluminador y esclarecedor: un solo dicterio: “huelebraguetas”.¿Quién no aplicaría rápidamente este contundente calificativo a una serie de animadores y comentaristas televisivos y radiofónicos…?

Luego, la alta España está viva: aquí tenemos a un español con garra de visión y de lenguaje, a un embajador del Siglo de Oro, y a un tesorero del humor de los siglos.

El sorprendente deleite de La Red Ciega

Armando Arteaga

 

Una visión  integral de las cosas sucedidas tiende a  poseer la literatura en el último libro La red ciega de Carlos M. Gutiérrez, escritor español (n. en  Ameyugo, 1965), además de profesor de literatura española del Siglo de Oro, en la Universidad de Cincinnati, USA:

La red ciega (Hipocampo Editores, 2008), es un conjunto de 21 “relatos” y/o “cuentos cortos” que con gran destreza narrativa nos confirman el aspecto único y circular de la vida.  No sé porqué insito en encontrarle un parecido desde el titulo con “La red”  del argentino Eduardo Mallea, aunque el autor de “Razón y Fábula” tenga más un sentido experimental y lúdico en su juego narrativo, pero esta bien cerca de esta propuesta nuestro narrador Carlos M. Gutiérrez, pues siempre nos está haciendo recordar que “toda vida es un pensamiento” y también “toda acción humana un episodio para contar”.

Todos los cuentos de Carlos M. Gutiérrez en La red ciega son de un extraordinario contenido actual y vigente, donde se cuestionan estas categorías aceptadas del sistema de relaciones humana,  que a través de un lenguaje claro e impecable, va desarrollando la trama de cada uno de ellos con un estilo muy personal y estético. 

Es un narrador para escritores que cuenta su pasión por la literatura y la v ida. Desde la citas literarias  hasta el descubrimiento de ciertas estaciones culturales que al final resultan siendo estupendos “lugares comunes” para la interpretación vivencial y existencial, que nos remite a cierto “espeluzno” por el destino postmoderno de sus personajes. Cuentos que narran ya esta  postmodernidad actual,  los sinsabores de  estos tiempos agitados: circulares y borgianos, elipsoides y elípticos. Memorias y narraciones que tienen alguna deuda –a lo mejor nunca aceptada- con Monterroso, Arreola,  Cortazar, Arlt, y Mallea.

Un cuento corto y magistral de este libro es “La letra y la sangre”, porque desarrolla todos los aspectos técnicos aceptables para lograr  ese sorpresivo final que vuelve a cruzarse “factible”, la reminiscencia es un homenaje a “Continuidad en los parques”.  Otro cuento insólito  es “Palinfesto”,  por ese sorprendente final de gran recurso y proeza literaria,   por asumir la realidad profesa que cuenta el personaje. En casi  todos los cuentos de  Carlos M: Gutiérrez hay siempre un inicio sorprendente con lo individual que poco a poco se va transformando en ese “aparejo de mallas para pescar” cualquier incidente fantástico y total de la realidad asumida, esa red donde se atrapan las cosas importantes de la vida y que muchas veces no nos damos cuenta de estos acontecimientos.  Objetos y seres que duermen en esa red que muchas veces no entendemos, ni queremos ver.

El “background” literario que muestra Carlos M. Gutiérrez es de primera mano, y está muy cerca de nuestros gustos literarios, y por eso saludamos el sorprendente oficio narrativo que maneja. Y, que nos recuerda siempre,  una verdadera obra literaria existe por el “texto” (sistema de relaciones intratextuales) en contraposición con la realidad extratextual que postula: las normas literarias, la tradición y la imaginación. Estos son los ingredientes más amenos de cualquier buena obra narrativa, y “La red ciega” tiene de sobra estos atributos.

Esperamos que La red ciega siga creciendo para deleite estético de nuevos lectores hispanoamericanos del “relato corto”.  En este libro hay “relatos” que son de una buena “relojería” literaria.

 

 

La estética de la palabra en La Red Ciega

Carlos Rengifo

 

 

La lectura de La red ciega (Hipocampo Editores, 2008) me ha producido algunas impresiones, una de las cuales encierra, a mi entender, el primer fin, objetivo o deber de la escritura: el trabajo cuidadoso, sólido y estético de la palabra. Lo primero que uno siente, al ingresar a este libro, es que está frente a textos laboriosamente construidos, por encima de las temáticas que, a pesar de sus diferencias, no escapan a una cierta armonía que une al conjunto. Son textos breves y, por ello, de una concentración que da paso a la sugerencia, al guiño, a la complicidad con el lector. El lenguaje se nos presenta con una nitidez que llega, incluso, en algunos casos, a tomar la batuta del concierto narrativo y sale airoso y triunfante como conductor principal de lo que allí se cuenta. Personajes como Don Quijote o Caperucita Roja son vistos con otros ojos, son tratados de otra manera, abordados desde otro ángulo, dándoles una vuelta de tuerca que culmina con una moraleja distinta. No hay nada ceremonioso en este libro. Por momentos, el autor pareciera que jugara, que quisiera simplemente divertirse, y da rienda suelta a sus gustos particulares, tiende celadas para atrapar a los despistados, deja entre líneas una sonrisa cauta que refleja el tono lúdico de sus propósitos.

El libro se abre con la referencia al icono literario del idioma español y culmina con el ratón transgénico que gana un premio literario, celebrado como es debido por la fauna letrada y todo ese figuretismo gremial. En el interín de los otros relatos, asistimos a la obsesión perfeccionista de llevar al límite un oficio dramático; la lucha simbólica y llena de recovecos por obtener un triunfo; el caos citadino trasmutado en frenesí y sensualidad; el cumpleaños más triste del mundo; las reflexiones de un asesino enamorado de su víctima; la patética búsqueda de un jamonero por encontrar a su “media naranja”, supeditada a los cánones publicitarios y faranduleros; el personaje que se cansa de ser personaje e intenta atravesar el umbral de los límites ficcionales; y, en fin, el homenaje a autores y libros delineados curiosamente en la red ciega. Todo ello, entre el sabor agradable de los buenos vocablos y el adjetivo decoroso, entre la dimensión del signo en su frágil batalla de forma y contenido, sabiendo que aquello que degustamos es el resultado de unas judías bien preparadas, de unos mejillones con aires de dejarnos satisfechos y relamiéndonos de gozo.

Julio Cortázar, maestro del cuento, teorizó muchas veces sobre la elaboración de los relatos cortos y su impacto en el lector. Para él, al igual que para Allan Poe, Maupassant, Borges, Chejov, este resulta siendo el género mayor, por encima de la novela, que ahora, por una cuestión sobre todo de marketing, se ha convertido en la vedette del negocio literario. Sin embargo, por su precisión y estructura, por su tejido de filigrana en algunos casos, es el cuento el que debería llevarse todas las palmas, pues allí podemos ver con mayor claridad el arte de la literatura. Es en el cuento donde convergen en su esencia los brillos de una pequeña joya literaria, a la que se llega y disfruta de una sola sentada. No es extraño entonces que quienes deseen incursionar en el terreno pródigo de la belleza escritural, apuesten por el relato corto y sus múltiples posibilidades de abordarlo. En La red ciega vemos esa intención, la de explorar el lenguaje en algunas de sus diversas variables, sin olvidar tampoco el contenido, lo que habrá de darle la vida y sustancia que requiere lo que se narra y muestra.

En estos tiempos de rapidez, ligereza e Internet, ahora que la hojeada o vistazo ha reemplazado a la lectura reconcentrada y sostenida, un libro como La red ciega podría ser la bisagra que invite a lecturas mayores y fortalezca el liderazgo de la palabra bien escrita, ya que de su corta extensión se desprende todo un mundo de caminos y subvías para ver panoramas motivadores y llenos de significados que solo puede ofrecer el cofrecillo interminable de las bellas letras.

Una vuelta a la historia de La Red Ciega

 Miguel Ildefonso

Los 21 cuentos o relatos breves que conforman La red ciega (Hipocampo Editores, 2008)  de Carlos M. Gutiérrez no solo son una exquisita compilación de juegos metaliterarios, con citas y homenajes (llámese Borges, Monterroso, Cervantes, el esperpento de Valle Inclán o la greguería de Gómez de la Serna), en donde campean la sátira, el sarcasmo y la parodia; también es la metáfora de la imposibilidad del hombre de enfrentarse a la eternidad, de volver al pasado para reinventarlo, de modificar el destino, de vencer en el amor, de matar a la muerte o al hastío: es el Aleph o, específicamente, la cueva de Montesinos, en donde se borra la frontera entre la realidad ficcional y la realidad real, en donde el sueño es la vigilia, y la vigilia la literatura, en donde el narrador se hace lector, y el lector protagonista. Dios aquí no existe, porque no es necesario, nos dice el narrador. O en todo caso, dios es otro narrador más en este mundo que necesita recrearse de tiempo en tiempo. Para este fin Carlos M. Gutiérrez aborda sus historias desde diferentes niveles narrativos, buscando la palabra adecuada y la vuelta de tuerca a lo real o lo esperado como, en muchos casos, con los finales sorpresa, creando para ello una atmósfera verbal que ayude a compenetrar al lector en los fantásticos sucesos y en sus cultas digresiones. En esta red de influencias y relecturas, hallamos a personajes hábilmente demarcados como el esperpéntico Hijo de Puta. Si Cortazar pudo crear a sus sesenteros cronopios y famas, Gutiérrez, por qué no, puede hacer lo mismo con su Hijo de Puta. Y, hay que aclarar, que no es ninguna alusión al calificativo que le dio el economista Hernando de Soto a Mario Vargas Llosa hace unos años atrás cuando se enemistaron. Cito el inicio del cuento Elogio del Hijo de Puta: “Un servidor siempre ha pensado que el Hombre es un animal sentimental que adolece de dos limitaciones: animalidad y sentimentalidad. El hijo de puta, mientras, sólo está menoscabado por su condición ferina, lo que no deja de ser ventaja indudable; aunque, ahora que reparo en ello, a ver por qué no va a haber hijos de puta sentimentales, de esos que, abandonando el traje de hijoputa de entre semana, visitan a su madre los domingos y fiestas de guardar.” Es así que esta red ciega nos atrapa sin discriminar a ningún lector, sin demasiado cultismo para el común y sin llaneza para el erudito. Sus historias apelan a la experiencia, están obsesionadas por la literatura pero siempre que tenga que ver con las pulsaciones más ininteligibles del devenir -quizás para resolver algún misterio-, esos múltiples referentes culturales están para atar sus hilos más secretos y así poder penetrar más al fondo de estas aguas encantadas. “Naufrago de la Historia” dice el narrador, en el primer relato del libro, de un Don Quijote extraviado, cuando cae abatido por el cansancio y la tristeza en un lugar lejano; podríamos decir, entonces, que La red ciega es esa vuelta a la Historia, es esa red que nos salvará del naufragio para seguir soñando como Cervantes con los ojos abiertos ante los nuevos molinos del presente y del futuro.

Portada del Sol, 2009

 

 

 

 

¡¡Todos están invitados!!

invitacion

Sobre el libro:

La red ciega nos invita a entrar en un universo poblado de juegos metaliterarios e intertextualidades; de citas y homenajes. En sus relatos y microrrelatos campean las huellas, ora implícitas ora explícitas, de Borges, Cortázar, Arreola o Monterroso, pero también se asoman a ellos Homero, Cervantes, Charles Perrault, Boris Vian o Ernesto Sábato. Las páginas van alternando la sátira con el lirismo; el sarcasmo con la cita y la parodia con la teleología pero, si algo hay que destacar en el conjunto de los relatos, es un fino humor, irónico y sutil, que busca la complicidad del lector y que confía plenamente en éste.

Un relato:

La red ciega

A Armando Romero, padrino y compadre

Y si esta aventura aparece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más.

Cide Hamete Benengeli

Si me esfuerzo un poco, aún me alcanza el recuerdo. Tampoco hace tanto tiempo. La sombra de aquella época aún se cierne sobre mí. Algo queda, sí, de aquel tiempo umbrío, como si los huesos guardaran en lo más íntimo del tuétano la memoria de aquellos días y ni siquiera la certeza tangible del día más feliz y apacible pudiese contrarrestar esas sombras, creídas ya ajenas o lejanas. Debió de ser a finales del invierno, porque lo único que noté fue el cambio de estación. Se parecieron tanto aquellos días, aquellas semanas….Sólo la primavera alteró, levemente, aquel discurrir monótono y descorazonador. Ya se sabe; es estación que arrastra orgullosa su prestigiada condición, feliz invento de alguien ajeno a sus alergias, presumo. En fin, que entre un persistente moquillo que se me avecindó en las napias, me propuse intentar leer, por enésima vez, el Ulises de Joyce que reposaba en lo más alto e inaccesible de la estantería, arrumbado después del último arrebato masoquista, causado por Dios sabe qué desengaño o sinvivir. Allegué una silla para mejor alcanzarlo. Ya encaramado y de puntillas había hecho presa en él agarrándolo por los lomos-dos tomos, dos: Bruguera, “Libro Amigo”, J. M. Valverde tradittore, que es ablativo absoluto del tipo Cicerone consule, esto es, “siendo cónsul un garbanzo”-, y me dispuse a sacarlo. El muy desagradecido correspondió a la manumisión con una nubecilla de polvo que me cegó y me hizo perder el equilibrio, con lo que vin a dar con mis huesos en el suelo. Al instante perdí el poco sentido que me quedaba y se fue apoderándose de mi un onirismo confuso e indeterminado en el tiempo, juguetón y trampantojo con el espacio. Cuando desperté, o creí hacerlo, aún estaba dentro del sueño. A mi ensimismado soñarme se le ofrecía ante los ojos un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía, con cara de pocos amigos, un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba; ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura. Su expresión de fastidio, he de confesar, me incomodó un poco, pero lo novedoso de la circunstancia me animó a mostrarme conciliador.

- Hola, buen hombre.

- ¡”Hola buen hombre”, “Hola, buen hombre…”! ¿Pero cree vuestra merced que esas son maneras? ¡Ah…!, ¿qué se hizo de aquella época en que los buenos modos extendían su imperio sobre los hombres instruidos y aun sobre los legos? En fin, habrá que acostumbrarse…

- Oiga, oiga, pare el carro, que sólo he querido ser amable, desconociendo, siquiera, dónde me encuentro o con quién hablo.

- No me venga con pamplinas, como hacen todos ustedes; sabe perfectamente dónde se halla y quién soy yo. Todos se me hacen los distraídos, fingiendo que se han caído, o que vieron la cueva por curiosidad y decidieron descender a sus adentros, como quien no quiere la cosa. Y luego niegan conocerme, ¡ a mí, al gran Montesinos!

- Luego usted es…

- Por supuesto. Para servirle a usted y a toda esa cuadrilla de haraganes que le precedieron o le seguirán en este saqueo despiadado. No perdamos tiempo. Sígame.

- Pero yo…

- Bueno, ¿quiere verlos o no?

- ¿Verlos? ¿Cuáles?

- Mire, déjese de fingimientos; sé por qué ha venido a turbar mi sueño. Se lo ruego, sea breve. Llene el zurrón y desaparezca de mi vista para siempre jamás. ¡Son ustedes de un pesado…!

Ya no me atreví a replicar. Seguí la estela presurosa del anciano a través de las puertas y de un sinfín de pasillos y escalinatas descendentes. Por fin se detuvo en una sencilla puerta, cediéndome el paso con enfadados aspavientos. Sin más, cauteloso, eché mano del tirador, la abrí y traspasé el umbral. Ante mí se mostraban, apelotonados y ajenos a todo pudor, la magdalena que Proust fue anegando en su recuerdo; la ametralladora literaria de Quevedo, fabricada en plastilina y modelada a capricho; el metrónomo sintáctico y la pistola para recorrer La Mancha de Azorín; la esencia orgiástica de Grenouille; un plano del Madrid decimonónico con manchas de hollín y restos de cocido que perteneció a Galdós; la pupila azul, hemoptísica y agolondrinada de Bécquer; el calendario zaragozano de identidades correspondientes al día de Pessoa; el dar cojonazos a la carrera y sin tiento de Simenon; el brujuleador poético de Góngora, el de acertados pasos; la bola de cristal de Julio Verne; un rosado monstruo, sediento de carne y crímenes, cocinado al fuego provinciano y lento de un Sarmiento; dos billetes de tren, a Leipzig y Marburgo, mandados enmarcar en plata por Ortega; el jarro de vino de Kayyám al que el Lazarillo, colándosele en la jaima y aprovechando la eminente embriaguez del pobre Omar, ya le había hecho la sisa correspondiente; el premio Nobel virtual de Borges; el libro que Aristóteles dedicó a la comedia, salvado del incendio de la famosa abadía por Adso de Melk por mucho que, ladino y galalón, jure y perjure lo contrario, el muy embustero; la cazurra gorra barojiana, donde se escondieron largos años los planos de la fuga de Zalacaín; los autómatas kósmicos de Joan Perucho; el sí-es-no-es del fonendoscopio auscultador de hombres de Shakespeare; un trozo de conciencia arrepentida de Lope, equipado con freno, acelerador y marcha atrás; las agujereadas e inmortalizadas suelas de los zapatos que Valle Inclán plantó ante las narices del objetivo de Alfonso; los ***** y los ¡¡********!! de Sterne, tan admirablemente traducidos por Javier Marías; el pico de oro del Don Juan de Tirso (aunque, bueno, sí, o sea, también era buen mozo, por lo que parece; y de buena familia, además); la redención amorosa y siberiana de Raskolníkov; el encoñado lector de Schlink, que tenía derecho a roce; el rabo de cerdo del último Buendía; la proselitista vuelta pedestre a España-apedreamientos y azuzar de perros incluidos- de Jorgito Borrow; la gozosa sicalipsis goliardesca del Arcipreste; el escatológico y germánico deambular de Till Eulenspiegel; un cowboy forastero preguntando en el salón por el sheriff M. L. Estefanía mientras bebe, ostentosamente y como para provocar al personal, una zarzaparrilla; la rosa por la que contendieron Juan Ramón y Gertrude Stein; el ojo a la virulé, hipocritón y malqueriente, del demabobo de Sartre; la cara que se le quedó a Gregor Samsa “después de”; la pelvis, mitad mostrenca, mitad venal, de la Lozana Andaluza; el gusto por los conejitos de Lewis Carroll; las florecillas con las que adornó Lawrence a “Lady Jane”; el barril de manzanas de la Hispaniola en el que Jim Hawkins jugaba a oidor omnisciente; el largo y cálido mear desaforado de Gargantúa y de Miguel Hernández; las dudas de Manuel Bueno anegadas por el pantano que se tragó Valverde de Lucerna y que un día se nos tragará a todos; las ocultas razones de Meursault; la taleguilla ensangrentada de Sánchez Mejías, salada aún por las lágrimas de Federico; el morderse las uñas de Fermín de Pas, la gimnasia previsora de Alvaro Mesía y los remilgos retozones de la Ozores; la casta y contenida lujuria platónica de Fernando de Herrera; el pene epigráfico de Dámaso Alonso caligrafiando en las paredes de la Academia; el orgullo ambicioso de Julien Sorel y las veleidades alocadas de Fabrizio del Dongo; un ejemplar del Oráculo manual y arte de prudencia que perteneció a Odiseo y con el que, tras la licencia militar fue poquito a poquito, de isla en isla, de periplo en periplo, de trecho en trecho y de lecho en lecho haciendo tiempo para que su mujercita acabara aquella labor de punto de marras; las escabechinas de Diomedes, las compungidas lágrimas, patrocleas y coléricas de Aquiles, la sangre polvorienta adueñándose de Héctor, el caro revolcón de Paris y el no sé qué de Helena, la de ligeros cascos; sendas fotos dedicadas de Escila y Caribdis; los planos de Alba Longa; un diente cariado de Adamastor; la famosa zorra de las uvas; el mono al que Monterroso estuvo a pique de convertir en escritor satírico; el obstinado y poco patriótico suicidarse de Ganivet; una vela gaditana guardada en la memoria de Alberti junto a la zamarra de Platko; la casa de la ficción en la que vivió de realquilado Henry James; un canto de guerra de las cosas quemado allá lejos, junto al lago Cocibolca; las zalamerías terceras de Celestina; Dabliu Eich Oden, de cuerpo presente y vestido con el uniforme de gala de Captain of his soul; el soma televisivo que tantas veces nos habrá observado ingerir el pobre Aldous; los hipogrifos violentos con lúgubre y simbólico arrastrar de cadenas de Calderón; aquel jersey culpable y precipitador de Cortázar; la perla hermosa y aciaga de Steinbeck; la raspa con la que dejó Hemingway a aquel pobre pescador, después de haberle hecho bregar tanto; la chimenea-calibre fahrenheit 451- de Pepe Carvalho; las cien velitas del penúltimo cumpleaños de Scherezade; tres o cuatro libros milagrosamente hurtados a los ojos inquisidores de Menéndez Pelayo; el coño canon de Bloom; la niebla prodigiosa y concupiscente de Boris Vian; la música de Salinas envasada al vacío por Fray Luis; un Camelot de cartón-piedra empeñado en el Monte de Piedad por Walter Scott; la máquina ensayista con la que Montaigne se encerró a solas en la ebúrnea torre; la Nicaragua, Nicaragüita, tan lejana como presente, de Gioconda Belli y Nicasio Urbina; una postal de Túnez remitida por Don Rodrigo y la Cava; los pobres maridos, adúlteros o cornudos, y las damas-con perrito o sin perrito, según- de Chéjov; un inventario de lugares propicios para el amor encontrado dentro de un tratado de urbanismo y con ex libris de un asturiano que hizo las Américas en Nuevo Méjico; una brújula con la que Emilio Salgari se conducía por el jardín de su casa; una declaración de Emma, jadeante y enfática mientras se la pegaba al pobrecito Charles, atestiguando que monsieur Flaubert era ella; la fértil inventio opiácea de De Quincey; las caracolas que los mascarones que aproaban a Isla Negra fueron arrebatando para Neruda a los siete mares; un planto a la muerte del mayor Sabines; unas coralinas columnas hipóstilas vaginales; un par de singladuras cirúleas y hemingüeyanas por Cayo Romano y por la tan mafiosa como esplendorosa Habana; la toga, entre forense y pitiminí, con la que Menéndez Valdés, auxiliado en las bandas por el siglo XVIII, ahorcaba la poesía a la caída de cada tarde; las mozas de cántaro cancioneriles, que tantas veces se acercaban a la fuente (a ver si se lo rompían, claro está); la uña uxoricida y vengativa de Max Aub; las vueltas que tuvo que dar por Soria el Duero, Antonio, hasta que le convenciste de su condición ontológica de curva de ballesta; la vulva, el vértigo y el centro, latiendo en un poema de Valente; el alfabeto, que volvía con Ramón de su paseo gregueril vespertino; el brioso y comercial extender la morcilla y el queso fresco burgaleses de Rodrigo Díaz de Vivar; el candil con el que Zarathustra buscaba el cadáver de Dios; una foto colectiva de la última promoción del “Leoncio Prado”; planos y planes de los terrenos anejos a la futura villa olímpica y al Nou Camp y susceptibles de recalificación, perpetrados por la inconfundible mano de Onofre Bouvila; un carné del PRI a nombre de Artemio Cruz; la calentura desbordada de Felipe Trigo; un capitel que se llevó Fabio de Itálica; la joroba de Ruiz de Alarcón; el abogado cornúpeta de Arreola; el coche en el que montó Graham Greene a Cervantes, a Giovanni Guareschi y a don Leopoldo Durán para visitar Valladolid y Salamanca; el bolsillo manchado de grosella de Guillermo Brown; una bolsa con los derechos de autor no cobrados por Giuseppe Tommasi di Lampedusa, a cuenta de su frasecita de marras sobre la inmutabilidad y su eterno cambiar; un cuaderno de campo con los consejos de Patronio; la pluma (una Waterman ¿eh? no vayan a pensar) que Winnetou le regaló a Karl May; el atusado bigote del capitán Alatriste; el desgraciado profesor de Coetzee; todos los manuscritos, encontrados o no en la Puebla de Montalbán, Zaragoza o Bolonia por Rojas, Potocki o Eco, y que en el mundo han sido; una jaula grande, con miríadas de bichos y engendros plumáceos y disformes creados por los ignorantes de Horacio; el espejito, espejito de Dorian Gray; el habitar pronominal de Pedro Salinas; el olor a mar, tintorro y cuadrilátero de Aldecoa; la protuberancia vertiginosa, eréctil y subyugadora con la que Mateo Colón les sacó los colores a los libros de anatomía; el último beso que le dio Alfonsina Storni a la espuma del mar; la acompasada música afrocubana de Alejo Carpentier sonando por entre los canales venecianos; una fe de vida de la Santa Compaña legada por Valle a Cunqueiro; unos gramos de alucinógeno poético extático que no consiguieron decomisarle a Juan de la Cruz los de la policía calzada del Más Allá; el asendereado vivir en continuo mutis por el foro de Maqroll, “el Gaviero”; el peregrinar romero y rotario de Elipsio; una protopareja, otra pareja filial, una quijada de asno, un viejo borrachín con un barco zoológico, un pétreo fax con diez decretos, un plato de lentejas de efectividad notarial, el sol detenido en lo alto del cielo, un doble de Victor Mature arrasando un templo, un cantar himeneo, el “tú-ponte-aquí-y-dirige-mis-tropas-que-yo-me-quedo-en-la retaguardia-resolviendo-los-asuntos-del reino-y-de-paso-protejo-a-tu-mujer” escrito en bronce a hondadas, un belén, una boda pasada por vino, un lago, unas hogazas de pan y tres o cuatro kilos de sardinas, una palangana, unas lágrimas, una mirada al cielo, un velo rasgado, una bolsa de monedas, un cordero, un bicho con muchas cabezas y unos rótulos que ponían”The end”; los chascarrillos sentenciosos, disciplinantes y previsores de Pedro Alfonso; el vago rumor zorrillesco que tuvo el encoñado suicidarse de Larra, el Pobrecito Amador, digo Hablador; unas calzas verdes; una ejecutoria de cornuda fanfarronería del capitán Alonso de Contreras; una hectárea de rastrojo pisado por Delibes; la piedra filosofal que encontró Rulfo en Comala y en ese llano que tanto ciega los ojos cuando se le mira; un semivizconde venido a menos por la guerra; el cisne que degolló Garcilaso, riberas del Tajo; un casero sin alma y cobardón de Arniches; la simbología floral, sonora, fransuá, sicalíptica y plenipotenciaria de Rubén; el autolegendarismo nobelizante y nobelizado de todos sabemos qué abejorro colmenero; el dedo incorrupto, apócrifo y desatado de Fray Antonio de Guevara; ese divino don que tienes, Claudito lindo (bis); el cachondeo que se trajo Rabelais inventariando la biblioteca de San Víctor; el Aleph; la enumeración cuasi caótica del entierro de la Mamá Grande y, por supuesto, el catálogo de las naves y caudillos, desde Peneleo hasta Protoo, que llamaron una noche a la puerta de Príamo.

Una vez acabada la visita de la primera de las salas me dolían tanto los ojos que no pude acceder al resto de la gruta. Volví sobre mis pasos y me hallé de nuevo frente al huraño Montesinos que, sentado frente a la entrada, tenía un no sé qué de fastidio y esplín buocrático. Con los brazos cruzados y la mirada hosca, se hacía el indiferente y como que no reparaba en mi presencia, y yo, en un susurro zalamero:

- ¿Soportaría una última indiscreción?

- ¿Acaso tengo alternativa, gañán?

- No esperaba menos de su acrisolada y legendaria paciencia, venerable y magnánimo Montesinos. Verá, me corroe íntimamente las entrañas una malsana curiosidad: ¿con qué retornó Cervantes de descenso tan provechoso?

- Pues con qué había de subir, alma de cántaro, con un baciyelmo, claro está.

- ¡Ah….! Y usted, ¿no tiene interés en saber qué llevo conmigo? Vamos, no me diga que no siente ni el más mínimo picor curioso por conocer el contenido de mis bolsillos; el resultado de mis hurtos a tan admirable pecio de tierra firme; el antídoto a tan manifiesta pobreza de ideas.

- Me es indiferente, joven, créame. Acabe esta enojosa e inoportuna visita, que yo he de tornar a mi siesta.

Siesta…sueño…dormir. ¡Maldición, he soñado que estaba soñando despierto! Esta ha sido la última vez que abuso de la ginebra. ¡Mira que soñar con la cueva de Montesinos! Y todo por culpa del Ulises. Hasta aquí hemos llegado. Ahora mismo os vais a ir los dos tomos derechitos al fuego, y no se hable más. Y no se habló más.

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