
Sobre el libro:
La red ciega nos invita a entrar en un universo poblado de juegos metaliterarios e intertextualidades; de citas y homenajes. En sus relatos y microrrelatos campean las huellas, ora implícitas ora explícitas, de Borges, Cortázar, Arreola o Monterroso, pero también se asoman a ellos Homero, Cervantes, Charles Perrault, Boris Vian o Ernesto Sábato. Las páginas van alternando la sátira con el lirismo; el sarcasmo con la cita y la parodia con la teleología pero, si algo hay que destacar en el conjunto de los relatos, es un fino humor, irónico y sutil, que busca la complicidad del lector y que confía plenamente en éste.
Un relato:
La red ciega
A Armando Romero, padrino y compadre
Y si esta aventura aparece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más.
Cide Hamete Benengeli
Si me esfuerzo un poco, aún me alcanza el recuerdo. Tampoco hace tanto tiempo. La sombra de aquella época aún se cierne sobre mí. Algo queda, sí, de aquel tiempo umbrío, como si los huesos guardaran en lo más íntimo del tuétano la memoria de aquellos días y ni siquiera la certeza tangible del día más feliz y apacible pudiese contrarrestar esas sombras, creídas ya ajenas o lejanas. Debió de ser a finales del invierno, porque lo único que noté fue el cambio de estación. Se parecieron tanto aquellos días, aquellas semanas….Sólo la primavera alteró, levemente, aquel discurrir monótono y descorazonador. Ya se sabe; es estación que arrastra orgullosa su prestigiada condición, feliz invento de alguien ajeno a sus alergias, presumo. En fin, que entre un persistente moquillo que se me avecindó en las napias, me propuse intentar leer, por enésima vez, el Ulises de Joyce que reposaba en lo más alto e inaccesible de la estantería, arrumbado después del último arrebato masoquista, causado por Dios sabe qué desengaño o sinvivir. Allegué una silla para mejor alcanzarlo. Ya encaramado y de puntillas había hecho presa en él agarrándolo por los lomos-dos tomos, dos: Bruguera, “Libro Amigo”, J. M. Valverde tradittore, que es ablativo absoluto del tipo Cicerone consule, esto es, “siendo cónsul un garbanzo”-, y me dispuse a sacarlo. El muy desagradecido correspondió a la manumisión con una nubecilla de polvo que me cegó y me hizo perder el equilibrio, con lo que vin a dar con mis huesos en el suelo. Al instante perdí el poco sentido que me quedaba y se fue apoderándose de mi un onirismo confuso e indeterminado en el tiempo, juguetón y trampantojo con el espacio. Cuando desperté, o creí hacerlo, aún estaba dentro del sueño. A mi ensimismado soñarme se le ofrecía ante los ojos un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía, con cara de pocos amigos, un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba; ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura. Su expresión de fastidio, he de confesar, me incomodó un poco, pero lo novedoso de la circunstancia me animó a mostrarme conciliador.
- Hola, buen hombre.
- ¡”Hola buen hombre”, “Hola, buen hombre…”! ¿Pero cree vuestra merced que esas son maneras? ¡Ah…!, ¿qué se hizo de aquella época en que los buenos modos extendían su imperio sobre los hombres instruidos y aun sobre los legos? En fin, habrá que acostumbrarse…
- Oiga, oiga, pare el carro, que sólo he querido ser amable, desconociendo, siquiera, dónde me encuentro o con quién hablo.
- No me venga con pamplinas, como hacen todos ustedes; sabe perfectamente dónde se halla y quién soy yo. Todos se me hacen los distraídos, fingiendo que se han caído, o que vieron la cueva por curiosidad y decidieron descender a sus adentros, como quien no quiere la cosa. Y luego niegan conocerme, ¡ a mí, al gran Montesinos!
- Luego usted es…
- Por supuesto. Para servirle a usted y a toda esa cuadrilla de haraganes que le precedieron o le seguirán en este saqueo despiadado. No perdamos tiempo. Sígame.
- Pero yo…
- Bueno, ¿quiere verlos o no?
- ¿Verlos? ¿Cuáles?
- Mire, déjese de fingimientos; sé por qué ha venido a turbar mi sueño. Se lo ruego, sea breve. Llene el zurrón y desaparezca de mi vista para siempre jamás. ¡Son ustedes de un pesado…!
Ya no me atreví a replicar. Seguí la estela presurosa del anciano a través de las puertas y de un sinfín de pasillos y escalinatas descendentes. Por fin se detuvo en una sencilla puerta, cediéndome el paso con enfadados aspavientos. Sin más, cauteloso, eché mano del tirador, la abrí y traspasé el umbral. Ante mí se mostraban, apelotonados y ajenos a todo pudor, la magdalena que Proust fue anegando en su recuerdo; la ametralladora literaria de Quevedo, fabricada en plastilina y modelada a capricho; el metrónomo sintáctico y la pistola para recorrer La Mancha de Azorín; la esencia orgiástica de Grenouille; un plano del Madrid decimonónico con manchas de hollín y restos de cocido que perteneció a Galdós; la pupila azul, hemoptísica y agolondrinada de Bécquer; el calendario zaragozano de identidades correspondientes al día de Pessoa; el dar cojonazos a la carrera y sin tiento de Simenon; el brujuleador poético de Góngora, el de acertados pasos; la bola de cristal de Julio Verne; un rosado monstruo, sediento de carne y crímenes, cocinado al fuego provinciano y lento de un Sarmiento; dos billetes de tren, a Leipzig y Marburgo, mandados enmarcar en plata por Ortega; el jarro de vino de Kayyám al que el Lazarillo, colándosele en la jaima y aprovechando la eminente embriaguez del pobre Omar, ya le había hecho la sisa correspondiente; el premio Nobel virtual de Borges; el libro que Aristóteles dedicó a la comedia, salvado del incendio de la famosa abadía por Adso de Melk por mucho que, ladino y galalón, jure y perjure lo contrario, el muy embustero; la cazurra gorra barojiana, donde se escondieron largos años los planos de la fuga de Zalacaín; los autómatas kósmicos de Joan Perucho; el sí-es-no-es del fonendoscopio auscultador de hombres de Shakespeare; un trozo de conciencia arrepentida de Lope, equipado con freno, acelerador y marcha atrás; las agujereadas e inmortalizadas suelas de los zapatos que Valle Inclán plantó ante las narices del objetivo de Alfonso; los ***** y los ¡¡********!! de Sterne, tan admirablemente traducidos por Javier Marías; el pico de oro del Don Juan de Tirso (aunque, bueno, sí, o sea, también era buen mozo, por lo que parece; y de buena familia, además); la redención amorosa y siberiana de Raskolníkov; el encoñado lector de Schlink, que tenía derecho a roce; el rabo de cerdo del último Buendía; la proselitista vuelta pedestre a España-apedreamientos y azuzar de perros incluidos- de Jorgito Borrow; la gozosa sicalipsis goliardesca del Arcipreste; el escatológico y germánico deambular de Till Eulenspiegel; un cowboy forastero preguntando en el salón por el sheriff M. L. Estefanía mientras bebe, ostentosamente y como para provocar al personal, una zarzaparrilla; la rosa por la que contendieron Juan Ramón y Gertrude Stein; el ojo a la virulé, hipocritón y malqueriente, del demabobo de Sartre; la cara que se le quedó a Gregor Samsa “después de”; la pelvis, mitad mostrenca, mitad venal, de la Lozana Andaluza; el gusto por los conejitos de Lewis Carroll; las florecillas con las que adornó Lawrence a “Lady Jane”; el barril de manzanas de la Hispaniola en el que Jim Hawkins jugaba a oidor omnisciente; el largo y cálido mear desaforado de Gargantúa y de Miguel Hernández; las dudas de Manuel Bueno anegadas por el pantano que se tragó Valverde de Lucerna y que un día se nos tragará a todos; las ocultas razones de Meursault; la taleguilla ensangrentada de Sánchez Mejías, salada aún por las lágrimas de Federico; el morderse las uñas de Fermín de Pas, la gimnasia previsora de Alvaro Mesía y los remilgos retozones de la Ozores; la casta y contenida lujuria platónica de Fernando de Herrera; el pene epigráfico de Dámaso Alonso caligrafiando en las paredes de la Academia; el orgullo ambicioso de Julien Sorel y las veleidades alocadas de Fabrizio del Dongo; un ejemplar del Oráculo manual y arte de prudencia que perteneció a Odiseo y con el que, tras la licencia militar fue poquito a poquito, de isla en isla, de periplo en periplo, de trecho en trecho y de lecho en lecho haciendo tiempo para que su mujercita acabara aquella labor de punto de marras; las escabechinas de Diomedes, las compungidas lágrimas, patrocleas y coléricas de Aquiles, la sangre polvorienta adueñándose de Héctor, el caro revolcón de Paris y el no sé qué de Helena, la de ligeros cascos; sendas fotos dedicadas de Escila y Caribdis; los planos de Alba Longa; un diente cariado de Adamastor; la famosa zorra de las uvas; el mono al que Monterroso estuvo a pique de convertir en escritor satírico; el obstinado y poco patriótico suicidarse de Ganivet; una vela gaditana guardada en la memoria de Alberti junto a la zamarra de Platko; la casa de la ficción en la que vivió de realquilado Henry James; un canto de guerra de las cosas quemado allá lejos, junto al lago Cocibolca; las zalamerías terceras de Celestina; Dabliu Eich Oden, de cuerpo presente y vestido con el uniforme de gala de Captain of his soul; el soma televisivo que tantas veces nos habrá observado ingerir el pobre Aldous; los hipogrifos violentos con lúgubre y simbólico arrastrar de cadenas de Calderón; aquel jersey culpable y precipitador de Cortázar; la perla hermosa y aciaga de Steinbeck; la raspa con la que dejó Hemingway a aquel pobre pescador, después de haberle hecho bregar tanto; la chimenea-calibre fahrenheit 451- de Pepe Carvalho; las cien velitas del penúltimo cumpleaños de Scherezade; tres o cuatro libros milagrosamente hurtados a los ojos inquisidores de Menéndez Pelayo; el coño canon de Bloom; la niebla prodigiosa y concupiscente de Boris Vian; la música de Salinas envasada al vacío por Fray Luis; un Camelot de cartón-piedra empeñado en el Monte de Piedad por Walter Scott; la máquina ensayista con la que Montaigne se encerró a solas en la ebúrnea torre; la Nicaragua, Nicaragüita, tan lejana como presente, de Gioconda Belli y Nicasio Urbina; una postal de Túnez remitida por Don Rodrigo y la Cava; los pobres maridos, adúlteros o cornudos, y las damas-con perrito o sin perrito, según- de Chéjov; un inventario de lugares propicios para el amor encontrado dentro de un tratado de urbanismo y con ex libris de un asturiano que hizo las Américas en Nuevo Méjico; una brújula con la que Emilio Salgari se conducía por el jardín de su casa; una declaración de Emma, jadeante y enfática mientras se la pegaba al pobrecito Charles, atestiguando que monsieur Flaubert era ella; la fértil inventio opiácea de De Quincey; las caracolas que los mascarones que aproaban a Isla Negra fueron arrebatando para Neruda a los siete mares; un planto a la muerte del mayor Sabines; unas coralinas columnas hipóstilas vaginales; un par de singladuras cirúleas y hemingüeyanas por Cayo Romano y por la tan mafiosa como esplendorosa Habana; la toga, entre forense y pitiminí, con la que Menéndez Valdés, auxiliado en las bandas por el siglo XVIII, ahorcaba la poesía a la caída de cada tarde; las mozas de cántaro cancioneriles, que tantas veces se acercaban a la fuente (a ver si se lo rompían, claro está); la uña uxoricida y vengativa de Max Aub; las vueltas que tuvo que dar por Soria el Duero, Antonio, hasta que le convenciste de su condición ontológica de curva de ballesta; la vulva, el vértigo y el centro, latiendo en un poema de Valente; el alfabeto, que volvía con Ramón de su paseo gregueril vespertino; el brioso y comercial extender la morcilla y el queso fresco burgaleses de Rodrigo Díaz de Vivar; el candil con el que Zarathustra buscaba el cadáver de Dios; una foto colectiva de la última promoción del “Leoncio Prado”; planos y planes de los terrenos anejos a la futura villa olímpica y al Nou Camp y susceptibles de recalificación, perpetrados por la inconfundible mano de Onofre Bouvila; un carné del PRI a nombre de Artemio Cruz; la calentura desbordada de Felipe Trigo; un capitel que se llevó Fabio de Itálica; la joroba de Ruiz de Alarcón; el abogado cornúpeta de Arreola; el coche en el que montó Graham Greene a Cervantes, a Giovanni Guareschi y a don Leopoldo Durán para visitar Valladolid y Salamanca; el bolsillo manchado de grosella de Guillermo Brown; una bolsa con los derechos de autor no cobrados por Giuseppe Tommasi di Lampedusa, a cuenta de su frasecita de marras sobre la inmutabilidad y su eterno cambiar; un cuaderno de campo con los consejos de Patronio; la pluma (una Waterman ¿eh? no vayan a pensar) que Winnetou le regaló a Karl May; el atusado bigote del capitán Alatriste; el desgraciado profesor de Coetzee; todos los manuscritos, encontrados o no en la Puebla de Montalbán, Zaragoza o Bolonia por Rojas, Potocki o Eco, y que en el mundo han sido; una jaula grande, con miríadas de bichos y engendros plumáceos y disformes creados por los ignorantes de Horacio; el espejito, espejito de Dorian Gray; el habitar pronominal de Pedro Salinas; el olor a mar, tintorro y cuadrilátero de Aldecoa; la protuberancia vertiginosa, eréctil y subyugadora con la que Mateo Colón les sacó los colores a los libros de anatomía; el último beso que le dio Alfonsina Storni a la espuma del mar; la acompasada música afrocubana de Alejo Carpentier sonando por entre los canales venecianos; una fe de vida de la Santa Compaña legada por Valle a Cunqueiro; unos gramos de alucinógeno poético extático que no consiguieron decomisarle a Juan de la Cruz los de la policía calzada del Más Allá; el asendereado vivir en continuo mutis por el foro de Maqroll, “el Gaviero”; el peregrinar romero y rotario de Elipsio; una protopareja, otra pareja filial, una quijada de asno, un viejo borrachín con un barco zoológico, un pétreo fax con diez decretos, un plato de lentejas de efectividad notarial, el sol detenido en lo alto del cielo, un doble de Victor Mature arrasando un templo, un cantar himeneo, el “tú-ponte-aquí-y-dirige-mis-tropas-que-yo-me-quedo-en-la retaguardia-resolviendo-los-asuntos-del reino-y-de-paso-protejo-a-tu-mujer” escrito en bronce a hondadas, un belén, una boda pasada por vino, un lago, unas hogazas de pan y tres o cuatro kilos de sardinas, una palangana, unas lágrimas, una mirada al cielo, un velo rasgado, una bolsa de monedas, un cordero, un bicho con muchas cabezas y unos rótulos que ponían”The end”; los chascarrillos sentenciosos, disciplinantes y previsores de Pedro Alfonso; el vago rumor zorrillesco que tuvo el encoñado suicidarse de Larra, el Pobrecito Amador, digo Hablador; unas calzas verdes; una ejecutoria de cornuda fanfarronería del capitán Alonso de Contreras; una hectárea de rastrojo pisado por Delibes; la piedra filosofal que encontró Rulfo en Comala y en ese llano que tanto ciega los ojos cuando se le mira; un semivizconde venido a menos por la guerra; el cisne que degolló Garcilaso, riberas del Tajo; un casero sin alma y cobardón de Arniches; la simbología floral, sonora, fransuá, sicalíptica y plenipotenciaria de Rubén; el autolegendarismo nobelizante y nobelizado de todos sabemos qué abejorro colmenero; el dedo incorrupto, apócrifo y desatado de Fray Antonio de Guevara; ese divino don que tienes, Claudito lindo (bis); el cachondeo que se trajo Rabelais inventariando la biblioteca de San Víctor; el Aleph; la enumeración cuasi caótica del entierro de la Mamá Grande y, por supuesto, el catálogo de las naves y caudillos, desde Peneleo hasta Protoo, que llamaron una noche a la puerta de Príamo.
Una vez acabada la visita de la primera de las salas me dolían tanto los ojos que no pude acceder al resto de la gruta. Volví sobre mis pasos y me hallé de nuevo frente al huraño Montesinos que, sentado frente a la entrada, tenía un no sé qué de fastidio y esplín buocrático. Con los brazos cruzados y la mirada hosca, se hacía el indiferente y como que no reparaba en mi presencia, y yo, en un susurro zalamero:
- ¿Soportaría una última indiscreción?
- ¿Acaso tengo alternativa, gañán?
- No esperaba menos de su acrisolada y legendaria paciencia, venerable y magnánimo Montesinos. Verá, me corroe íntimamente las entrañas una malsana curiosidad: ¿con qué retornó Cervantes de descenso tan provechoso?
- Pues con qué había de subir, alma de cántaro, con un baciyelmo, claro está.
- ¡Ah….! Y usted, ¿no tiene interés en saber qué llevo conmigo? Vamos, no me diga que no siente ni el más mínimo picor curioso por conocer el contenido de mis bolsillos; el resultado de mis hurtos a tan admirable pecio de tierra firme; el antídoto a tan manifiesta pobreza de ideas.
- Me es indiferente, joven, créame. Acabe esta enojosa e inoportuna visita, que yo he de tornar a mi siesta.
Siesta…sueño…dormir. ¡Maldición, he soñado que estaba soñando despierto! Esta ha sido la última vez que abuso de la ginebra. ¡Mira que soñar con la cueva de Montesinos! Y todo por culpa del Ulises. Hasta aquí hemos llegado. Ahora mismo os vais a ir los dos tomos derechitos al fuego, y no se hable más. Y no se habló más.
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