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GANADORES DEL CONCURSO DE POESÍA DE HIPOCAMPO EDITORES 2010

logoHipocampo Editores tiene el honor de anunciar a los poetas ganadores del Concurso de Poesía “10 Poetas para el 2010”, que fuera lanzado el 12 de marzo del presente año (y anexos integrados a dichas bases el 26-05-2010) con motivo de décimoquinto aniversario del sello, para lo cual el Jurado Calificador, integrado por el PhD. Carlos Manuel Gutiérrez (España), el PhD. Alberto Calixto Prieto (España) y la Lic. Alicia Santos Velásquez, seleccionaron los siguientes:

1. Escombros de los días de Alejandro Susti González

2. Memoria del yo habitante de William Guillén Padilla

3. Naturaleza viva de Rosina Valcárcel Carnero

4. Roberts Pool Crepúsculos de Roger Santiváñez Vivanco

5. Sombrero de salamandra de Javier Manuel Sánchez Torres

6. Tramonto de Francisco Retamozo Luna  

(por orden alfabético del título del libro)

Agradecemos a todos los escritores participantes a este concurso de poesía, así como al Jurado Calificador por su valiosa colaboración.

Y nuestra cálida bienvenida a los poetas seleccionados.

La Victoria, Lima, 26 de octubre de 2010.

Algunas referencias de nuestro Jurado Calificador:

Carlos M. Gutiérrez, Phd.

Director of Graduate Studies; Director, Madrid summer Program Department of Romance Languages University of Cincinnati. PhD, del Estado de Arizona, 1998. Licenciado en Filología Hispánica, Universidad de Valladolid, 1991. Bachillerato, COU, Colegio Nuestra Señora de Lourdes, Valladolid, 1985. Ha enseñado en universidades de Francia (Université de Strasbourg) y España (Soria College, U de Valladolid). Su obra más reciente: El Servicio de Recepción de Quevedo, un número especial de la revista perinola (Universidad de Navarra, 2011). También es el autor de La red ciega (Lima: Hipocampo, 2008; relatos), La Espada, El Rayo y La pluma: Quevedo y los campos literario y de Poder (Purdue UP, 2005; ) y Dejémonos de cuentos (Valladolid, 1994, cuentos). También ha publicado una serie de capítulos de libros sobre diferentes temas y opiniones y artículos en revistas académicas, tales como Hispanic Review, Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, Cervantes, Iberoamericana, Calíope, Lenguas Romances, etc. Actualmente trabaja en un estudio sobre Cervantes y es el director del Programa de Verano de la Universidad de California en Madrid, España.

Alberto Prieto-Calixto, Ph.D.

Profesor de español. Rollins Colegio, Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas, Programa de Estudios Hispano, Casa Iberia. Ph.D. Español por la Universidad de Vanderbilt, MA Español Arizona State University, Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid, España. Director de la residencia para el Verano español del programa y coordinador de la Rollins en Asturias del programa. Campos de la enseñanza: la literatura hispánica (siglos XVI-XVII), el cine, la cultura y civilización españolas. Ha presentado numerosas ponencias internacionale, incluyendo presentaciones sobre cine, la cultura, la literatura y la pedagogía. Autor de varios artículos y colaboraciones. Su único libro trata sobre el cautiverio en el mundo de habla hispana durante el siglo XVI-XVII, se publicó en julio de 2009. Tiene en curso de investigación el tema: Cautiverio en la literatura hispana, asturiana y presencia en los EE.UU.

Alicia Santos Velásquez

Directora Editorial de Hipocampo Editores. Egresada de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Bachiller en Administración de empresas, Bachiller en Literatura (UNMSM) y Licenciada en Educación (UNMSM). Docente de la red Fe y Alegría. Promotora de Talleres de proyección social.

LOS LÍMITES DEL ODIO

LOS LÍMITES DEL ODIO: UN LIBRO PARAEL APOSTOLADO DE LA NACIONALIDAD

Rolando Sifuentes

Un enfrentamiento brutal con la realidad. Que todo el que lea este libro se convierta en apóstol de la nacionalidad. “Los límites del odio” debe ser para nosotros como la Biblia para un cristiano. Debemos aprender de nuestros errores y no dejarnos mangonear por falsos apóstoles que traen la ruina a nuestro país.

sin-titulo-12EL libro enfoca la Guerra del Pacífico desde un ángulo crítico, ve más el aspecto ideológico que la descripción de la acción bélica misma de la contienda. De ahí que la acción militar es mencionada solo para apoyar la opinión del autor sobre los actores principales de ambos bandos. La opinión del autor está en todas las páginas del libro. Y ya era hora que en nuestro país saliera este tipo de enfoque sobre esta parte de nuestra historia para complementar lo que hasta ahora tenemos: libros de texto más las últimas obras de estilo literario relacionados a este tema que datan de por lo menos dos décadas entre los cuales destacan los libros de Guillermo Thorndike y Congrains Martín.

ANTECEDENTES

El primero de los arriba nombrados no sé si fue una novela histórica o una historia novelada, pero estaba escrito con la técnica de la novela tratando siempre de ser objetiva. El segundo: la colección de Congrains, era menos ambiciosa, pero también muy interesante e iba desarrollándose cronológicamente en la descripción de las batallas, y habían opiniones del autor, pero con menos densidad que el libro de Briceño Berrú. Ambos trabajos cumplieron sus objetivos y quedaron ahí. Después de ellos poco se ha escrito sobre esta guerra de la cual se ha escrito muy poco debido al ocultamiento oficial, quizás por vergüenza. Y ahora tenemos algo diferente que llena un vacío, y viene a ser una denuncia que complemente a la historia oficial y las historias noveladas. El libro pretende ir más allá y no sólo el derrotero para comprender nuestra verdadera historia, la historia que por la década de los años 70s se pensó que la escribirían los nuevos historiadores que prometían mucho y al final se apagaron porque simplemente se dejaron engullir por el sistema.

EL LIBRO

Briceño Berrú nos enfrenta brutalmente con la realidad. En esta realidad debemos primero deslindar cual es el planteamiento del autor. A mi parecer aquí se hace un deslinde de la cuestión ideológica de los gobiernos: del Perú y de Chile, y queda aclarado que es allí donde radica nuestra mayor debilidad. En todo el libro se pone de manifiesto que la ideología del hombre común y gobierno de Chile, es el expansionismo de sus fronteras. Y las víctimas fueron sus vecinos cuyos gobernantes confiaron a ciegas en Chile como lo vemos desde el primer capítulo titulado “Las dimensiones del crimen”. Por la parte peruana queda de manifiesto la ausencia de alguna ideología unificadora de la cohesión ciudadana en el país. Somos un país desarticulado y macrocefálico.

Y esa sea quizás la justificación de este libro: poner en claro nuestra triste realidad en cuanto a capacidad de respuesta a agresiones internas y externas. Que todo el que lea este libro se convierta en apóstol de la nacionalidad que ayude a desterrar los egoísmos que tanto daño nos han hecho como lo estamos viendo al leer desde la primera hasta la última de sus páginas. Y tenemos que poner especial énfasis cuando nos referimos al caudillo Nicolás de Piérola, de quién se encontrará amplios informes aquí. Se note la semejanza que hay entre él y nuestro actual presidente, Alan García, inclusive García ha confesado a la prensa: que él es émulo de Piérola. No dijo García si ello se debía en que ambos tuvieron dos periodos presidenciales o lo dijo porque coinciden en que ambos trataron de entregar el Perú a los chilenos.

PROYECCIONES

Sobre los líderes actuales como García, Toledo y Fujimori, hay también aquí, en el capítulo III, un pequeño comentario, de pocas palabras pero que dice mucho: se denuncia la complicidad de estos personajes con intereses chilenos para permitirles entrar al país y hacerse de sectores estratégicos, sin tener en cuenta la historia de sangre y latrocinio que los del sur protagonizaron en nuestro país. Las intervenciones de Chile en el Perú vienen desde muy atrás: desde los mismos días de nuestra independencia hasta el año 1929, año en que ya termina todo. Son 108 años de intervención, o sea que Chile no es como cualquier otro enemigo pudiera ser. Los pacifistas peruanos, se desgañitan diciendo que debemos olvidar todo, que hagamos como Alemania y Japón que habiendo sido destruidos sus países en la Segunda Guerra Mundial, ahora son grandes amigos con sus enemigos de ayer; y eso es cierto, pero en nuestro caso no podemos hacer un símil con aquellos países. Chile no es Francia ni Inglaterra ni Estados Unidos, se parece más al estado de Israel que va ganando terreno en cada batalla y ya se ha repetido miles de veces la política expansionista de ellos que es perenne y tienen al Perú como su víctima preferida.

PUNTOS PRINCIPALES DEL LIBRO

Debemos poner especial atención a tres de los capítulos de Los Límites del Odio. Estos son el I, el IV, el VIII, y la conclusión que está en el XVIII. Veámoslos uno por uno:

En el capítulo I, “Las Dimensiones del Crimen”, se hace una lista de los principales abusos cometidos por los chilenos, y están enumerados del 1 al 22. No fueron abusos de la soldadesca en momentos que no hubieran estado controlados por sus oficiales, no, ello proviene de órdenes de su propio gobierno, de enviar “merodeadores” para destruir instalaciones civiles e industriales para de este modo debilitar a nuestro país por lo menos los próximos 50 años, cosa que sucedió en la realidad.

En el capítulo IV se demuestra que la victoria de Chile no se debió a su decantada superioridad de raza ni a la supuesta habilidad de sus estrategas militares. Aquí se menciona por enésima vez la malhadada existencia de ese personaje llamado Nicolás de Piérola.

En el punto 4 de este capítulo se hace hincapié a la extrema credulidad de los gobernantes peruanos que no pudieron o no quisieron comprender la índole perversa y oportunista de los vecinos del sur. Este punto es de lo más importante para nosotros, debemos aprendernos esto y leérselo a los más jóvenes para no olvidar la Historia. En este punto 4 se menciona a la segunda incursión de expedicionarios chilenos en nuestro suelo al mando de Blanco Encalada y que llegaron a tomar Arequipa.

Un acápite es necesario aquí para mencionar otra estrategia chilena contra nuestro país en la que utilizaba a nuestros propios connacionales para llevarla a cabo: es lo referente al papel que cupo a los inveterados sediciosos peruanos que movidos por intereses egoístas no vacilaron en recibir ayuda del gobierno chileno para fomentar la anarquía y debilitarnos. Estos malos peruanos sirvieron en muchos casos inocentemente al plan chileno de minar la economía nacional, desde antes de emprender su empresa guerrera. Aparte de Piérola, quien sin duda es el principal enemigo de su patria, también se menciona en este capítulo a Gamarra, La Fuente, Vivanco y otros líderes más de menor importancia, pero que en conjunto minaron el poderío peruano para defenderse de agresores que, por el contrario, contaban con el apoyo del imperio inglés.

En el capítulo VIII también se hace mención al apoyo que Chile da a los sediciosos no solo del Perú, sino también a los de Bolivia y Ecuador.

CONCLUSIÓN

Y finalmente, en el capítulo XVIII, en sus palabras conclusivas, se hace un paralelo entre los gobernantes de 1879 que permitieron que nuestro país se hundiese en la ignominia de una derrota deshonrosa y los actuales gobernantes que mucho se parecen a ellos. A estos habría que recordarles las palabras del historiador francés Marc Bloch: “entender el pasado es una de las claves para construir el futuro”.

Los límites del odio, pues, creo que debe ser para nosotros como la Biblia para un cristiano. Debemos aprender de nuestros errores y no dejarnos mangonear por falsos apóstoles que traen la ruina a nuestro país.

El universo de la Red Ciega de Carlos M. Gutiérrez

PARTES-COREL ok

 Carlos M. Gutiérrez.

Nació en Ameyugo, España, 1965. Actualmente es profesor de literatura del Siglo de Oro en la Universidad de Cincinnati, USA. Ha sido profesor en las universidades de Valladolid (España), Estrasburgo (Francia) y Arizona State (USA). Al excelente estudio La espada, el rayo y la pluma; Quevedo y los campos literarios y de poder (Pardue UP, 2005) se suma la colección de relatos Déjemonos de cuentos (Valladolid: Grammalea, 1994) y también diversos ensayos, relatos artículos y reseñas.

PARTES-COREL ok

Portada del libro La Red Ciega. Hipocampo Editores, Lima, diciembre de 2008. Diseño de Alex Sifuentes.

Plenipotencia de España: La Red Ciega

José Pancorvo

 

Por culpa de la influencia mediática tendemos hoy a ver a España como una especie de mona de la llamada Unión Europea, pero aquí, en cambio, vemos que España sigue siendo una leona de la cultura europea y occidental.

Vemos, por ejemplo, y en primer lugar, el ingenio universalista clásico español. En este libro, La Red Ciega, nos deleitamos con un caleidoscopio de informadísimas y amenísimas referencias literarias supranacionales y supraseculares; un examen de libros y mentalidades como hicieron, en el Siglo de Oro universalista, Gracián en el “Criticón” y en la “Agudeza”, Quevedo en sus libros “España defendida y los tiempos de ahora”, “Los Sueños” y “Mundo Caduco y desvaríos de la edad”, Saavedra Fajardo en su “República Literaria”, y cientos de otros. En segundo lugar, vemos en él otro importante trazo de españolidad insobornable y clásica: la contundencia.

Mientras nos deslizamos por lo light y por la lenidad y por la sosería, y se lima el filo de las lenguas en lo que se refiere a calificaciones severas, justos insultos y dicterios iluminadores, Carlos M. Gutiérrez lanza la andanada sonora de sus dicterios, los hay clásicos, coloquiales, castizos, cultos y neológicos. Un solo ejemplo iluminador y esclarecedor: un solo dicterio: “huelebraguetas”.¿Quién no aplicaría rápidamente este contundente calificativo a una serie de animadores y comentaristas televisivos y radiofónicos…?

Luego, la alta España está viva: aquí tenemos a un español con garra de visión y de lenguaje, a un embajador del Siglo de Oro, y a un tesorero del humor de los siglos.

El sorprendente deleite de La Red Ciega

Armando Arteaga

 

Una visión  integral de las cosas sucedidas tiende a  poseer la literatura en el último libro La red ciega de Carlos M. Gutiérrez, escritor español (n. en  Ameyugo, 1965), además de profesor de literatura española del Siglo de Oro, en la Universidad de Cincinnati, USA:

La red ciega (Hipocampo Editores, 2008), es un conjunto de 21 “relatos” y/o “cuentos cortos” que con gran destreza narrativa nos confirman el aspecto único y circular de la vida.  No sé porqué insito en encontrarle un parecido desde el titulo con “La red”  del argentino Eduardo Mallea, aunque el autor de “Razón y Fábula” tenga más un sentido experimental y lúdico en su juego narrativo, pero esta bien cerca de esta propuesta nuestro narrador Carlos M. Gutiérrez, pues siempre nos está haciendo recordar que “toda vida es un pensamiento” y también “toda acción humana un episodio para contar”.

Todos los cuentos de Carlos M. Gutiérrez en La red ciega son de un extraordinario contenido actual y vigente, donde se cuestionan estas categorías aceptadas del sistema de relaciones humana,  que a través de un lenguaje claro e impecable, va desarrollando la trama de cada uno de ellos con un estilo muy personal y estético. 

Es un narrador para escritores que cuenta su pasión por la literatura y la v ida. Desde la citas literarias  hasta el descubrimiento de ciertas estaciones culturales que al final resultan siendo estupendos “lugares comunes” para la interpretación vivencial y existencial, que nos remite a cierto “espeluzno” por el destino postmoderno de sus personajes. Cuentos que narran ya esta  postmodernidad actual,  los sinsabores de  estos tiempos agitados: circulares y borgianos, elipsoides y elípticos. Memorias y narraciones que tienen alguna deuda –a lo mejor nunca aceptada- con Monterroso, Arreola,  Cortazar, Arlt, y Mallea.

Un cuento corto y magistral de este libro es “La letra y la sangre”, porque desarrolla todos los aspectos técnicos aceptables para lograr  ese sorpresivo final que vuelve a cruzarse “factible”, la reminiscencia es un homenaje a “Continuidad en los parques”.  Otro cuento insólito  es “Palinfesto”,  por ese sorprendente final de gran recurso y proeza literaria,   por asumir la realidad profesa que cuenta el personaje. En casi  todos los cuentos de  Carlos M: Gutiérrez hay siempre un inicio sorprendente con lo individual que poco a poco se va transformando en ese “aparejo de mallas para pescar” cualquier incidente fantástico y total de la realidad asumida, esa red donde se atrapan las cosas importantes de la vida y que muchas veces no nos damos cuenta de estos acontecimientos.  Objetos y seres que duermen en esa red que muchas veces no entendemos, ni queremos ver.

El “background” literario que muestra Carlos M. Gutiérrez es de primera mano, y está muy cerca de nuestros gustos literarios, y por eso saludamos el sorprendente oficio narrativo que maneja. Y, que nos recuerda siempre,  una verdadera obra literaria existe por el “texto” (sistema de relaciones intratextuales) en contraposición con la realidad extratextual que postula: las normas literarias, la tradición y la imaginación. Estos son los ingredientes más amenos de cualquier buena obra narrativa, y “La red ciega” tiene de sobra estos atributos.

Esperamos que La red ciega siga creciendo para deleite estético de nuevos lectores hispanoamericanos del “relato corto”.  En este libro hay “relatos” que son de una buena “relojería” literaria.

 

 

La estética de la palabra en La Red Ciega

Carlos Rengifo

 

 

La lectura de La red ciega (Hipocampo Editores, 2008) me ha producido algunas impresiones, una de las cuales encierra, a mi entender, el primer fin, objetivo o deber de la escritura: el trabajo cuidadoso, sólido y estético de la palabra. Lo primero que uno siente, al ingresar a este libro, es que está frente a textos laboriosamente construidos, por encima de las temáticas que, a pesar de sus diferencias, no escapan a una cierta armonía que une al conjunto. Son textos breves y, por ello, de una concentración que da paso a la sugerencia, al guiño, a la complicidad con el lector. El lenguaje se nos presenta con una nitidez que llega, incluso, en algunos casos, a tomar la batuta del concierto narrativo y sale airoso y triunfante como conductor principal de lo que allí se cuenta. Personajes como Don Quijote o Caperucita Roja son vistos con otros ojos, son tratados de otra manera, abordados desde otro ángulo, dándoles una vuelta de tuerca que culmina con una moraleja distinta. No hay nada ceremonioso en este libro. Por momentos, el autor pareciera que jugara, que quisiera simplemente divertirse, y da rienda suelta a sus gustos particulares, tiende celadas para atrapar a los despistados, deja entre líneas una sonrisa cauta que refleja el tono lúdico de sus propósitos.

El libro se abre con la referencia al icono literario del idioma español y culmina con el ratón transgénico que gana un premio literario, celebrado como es debido por la fauna letrada y todo ese figuretismo gremial. En el interín de los otros relatos, asistimos a la obsesión perfeccionista de llevar al límite un oficio dramático; la lucha simbólica y llena de recovecos por obtener un triunfo; el caos citadino trasmutado en frenesí y sensualidad; el cumpleaños más triste del mundo; las reflexiones de un asesino enamorado de su víctima; la patética búsqueda de un jamonero por encontrar a su “media naranja”, supeditada a los cánones publicitarios y faranduleros; el personaje que se cansa de ser personaje e intenta atravesar el umbral de los límites ficcionales; y, en fin, el homenaje a autores y libros delineados curiosamente en la red ciega. Todo ello, entre el sabor agradable de los buenos vocablos y el adjetivo decoroso, entre la dimensión del signo en su frágil batalla de forma y contenido, sabiendo que aquello que degustamos es el resultado de unas judías bien preparadas, de unos mejillones con aires de dejarnos satisfechos y relamiéndonos de gozo.

Julio Cortázar, maestro del cuento, teorizó muchas veces sobre la elaboración de los relatos cortos y su impacto en el lector. Para él, al igual que para Allan Poe, Maupassant, Borges, Chejov, este resulta siendo el género mayor, por encima de la novela, que ahora, por una cuestión sobre todo de marketing, se ha convertido en la vedette del negocio literario. Sin embargo, por su precisión y estructura, por su tejido de filigrana en algunos casos, es el cuento el que debería llevarse todas las palmas, pues allí podemos ver con mayor claridad el arte de la literatura. Es en el cuento donde convergen en su esencia los brillos de una pequeña joya literaria, a la que se llega y disfruta de una sola sentada. No es extraño entonces que quienes deseen incursionar en el terreno pródigo de la belleza escritural, apuesten por el relato corto y sus múltiples posibilidades de abordarlo. En La red ciega vemos esa intención, la de explorar el lenguaje en algunas de sus diversas variables, sin olvidar tampoco el contenido, lo que habrá de darle la vida y sustancia que requiere lo que se narra y muestra.

En estos tiempos de rapidez, ligereza e Internet, ahora que la hojeada o vistazo ha reemplazado a la lectura reconcentrada y sostenida, un libro como La red ciega podría ser la bisagra que invite a lecturas mayores y fortalezca el liderazgo de la palabra bien escrita, ya que de su corta extensión se desprende todo un mundo de caminos y subvías para ver panoramas motivadores y llenos de significados que solo puede ofrecer el cofrecillo interminable de las bellas letras.

Una vuelta a la historia de La Red Ciega

 Miguel Ildefonso

Los 21 cuentos o relatos breves que conforman La red ciega (Hipocampo Editores, 2008)  de Carlos M. Gutiérrez no solo son una exquisita compilación de juegos metaliterarios, con citas y homenajes (llámese Borges, Monterroso, Cervantes, el esperpento de Valle Inclán o la greguería de Gómez de la Serna), en donde campean la sátira, el sarcasmo y la parodia; también es la metáfora de la imposibilidad del hombre de enfrentarse a la eternidad, de volver al pasado para reinventarlo, de modificar el destino, de vencer en el amor, de matar a la muerte o al hastío: es el Aleph o, específicamente, la cueva de Montesinos, en donde se borra la frontera entre la realidad ficcional y la realidad real, en donde el sueño es la vigilia, y la vigilia la literatura, en donde el narrador se hace lector, y el lector protagonista. Dios aquí no existe, porque no es necesario, nos dice el narrador. O en todo caso, dios es otro narrador más en este mundo que necesita recrearse de tiempo en tiempo. Para este fin Carlos M. Gutiérrez aborda sus historias desde diferentes niveles narrativos, buscando la palabra adecuada y la vuelta de tuerca a lo real o lo esperado como, en muchos casos, con los finales sorpresa, creando para ello una atmósfera verbal que ayude a compenetrar al lector en los fantásticos sucesos y en sus cultas digresiones. En esta red de influencias y relecturas, hallamos a personajes hábilmente demarcados como el esperpéntico Hijo de Puta. Si Cortazar pudo crear a sus sesenteros cronopios y famas, Gutiérrez, por qué no, puede hacer lo mismo con su Hijo de Puta. Y, hay que aclarar, que no es ninguna alusión al calificativo que le dio el economista Hernando de Soto a Mario Vargas Llosa hace unos años atrás cuando se enemistaron. Cito el inicio del cuento Elogio del Hijo de Puta: “Un servidor siempre ha pensado que el Hombre es un animal sentimental que adolece de dos limitaciones: animalidad y sentimentalidad. El hijo de puta, mientras, sólo está menoscabado por su condición ferina, lo que no deja de ser ventaja indudable; aunque, ahora que reparo en ello, a ver por qué no va a haber hijos de puta sentimentales, de esos que, abandonando el traje de hijoputa de entre semana, visitan a su madre los domingos y fiestas de guardar.” Es así que esta red ciega nos atrapa sin discriminar a ningún lector, sin demasiado cultismo para el común y sin llaneza para el erudito. Sus historias apelan a la experiencia, están obsesionadas por la literatura pero siempre que tenga que ver con las pulsaciones más ininteligibles del devenir -quizás para resolver algún misterio-, esos múltiples referentes culturales están para atar sus hilos más secretos y así poder penetrar más al fondo de estas aguas encantadas. “Naufrago de la Historia” dice el narrador, en el primer relato del libro, de un Don Quijote extraviado, cuando cae abatido por el cansancio y la tristeza en un lugar lejano; podríamos decir, entonces, que La red ciega es esa vuelta a la Historia, es esa red que nos salvará del naufragio para seguir soñando como Cervantes con los ojos abiertos ante los nuevos molinos del presente y del futuro.

Portada del Sol, 2009

 

 

 

 

¡¡Todos están invitados!!

invitacion

Sobre el libro:

La red ciega nos invita a entrar en un universo poblado de juegos metaliterarios e intertextualidades; de citas y homenajes. En sus relatos y microrrelatos campean las huellas, ora implícitas ora explícitas, de Borges, Cortázar, Arreola o Monterroso, pero también se asoman a ellos Homero, Cervantes, Charles Perrault, Boris Vian o Ernesto Sábato. Las páginas van alternando la sátira con el lirismo; el sarcasmo con la cita y la parodia con la teleología pero, si algo hay que destacar en el conjunto de los relatos, es un fino humor, irónico y sutil, que busca la complicidad del lector y que confía plenamente en éste.

Un relato:

La red ciega

A Armando Romero, padrino y compadre

Y si esta aventura aparece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más.

Cide Hamete Benengeli

Si me esfuerzo un poco, aún me alcanza el recuerdo. Tampoco hace tanto tiempo. La sombra de aquella época aún se cierne sobre mí. Algo queda, sí, de aquel tiempo umbrío, como si los huesos guardaran en lo más íntimo del tuétano la memoria de aquellos días y ni siquiera la certeza tangible del día más feliz y apacible pudiese contrarrestar esas sombras, creídas ya ajenas o lejanas. Debió de ser a finales del invierno, porque lo único que noté fue el cambio de estación. Se parecieron tanto aquellos días, aquellas semanas….Sólo la primavera alteró, levemente, aquel discurrir monótono y descorazonador. Ya se sabe; es estación que arrastra orgullosa su prestigiada condición, feliz invento de alguien ajeno a sus alergias, presumo. En fin, que entre un persistente moquillo que se me avecindó en las napias, me propuse intentar leer, por enésima vez, el Ulises de Joyce que reposaba en lo más alto e inaccesible de la estantería, arrumbado después del último arrebato masoquista, causado por Dios sabe qué desengaño o sinvivir. Allegué una silla para mejor alcanzarlo. Ya encaramado y de puntillas había hecho presa en él agarrándolo por los lomos-dos tomos, dos: Bruguera, “Libro Amigo”, J. M. Valverde tradittore, que es ablativo absoluto del tipo Cicerone consule, esto es, “siendo cónsul un garbanzo”-, y me dispuse a sacarlo. El muy desagradecido correspondió a la manumisión con una nubecilla de polvo que me cegó y me hizo perder el equilibrio, con lo que vin a dar con mis huesos en el suelo. Al instante perdí el poco sentido que me quedaba y se fue apoderándose de mi un onirismo confuso e indeterminado en el tiempo, juguetón y trampantojo con el espacio. Cuando desperté, o creí hacerlo, aún estaba dentro del sueño. A mi ensimismado soñarme se le ofrecía ante los ojos un real y suntuoso palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacia mí se venía, con cara de pocos amigos, un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba; ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de la cintura. Su expresión de fastidio, he de confesar, me incomodó un poco, pero lo novedoso de la circunstancia me animó a mostrarme conciliador.

- Hola, buen hombre.

- ¡”Hola buen hombre”, “Hola, buen hombre…”! ¿Pero cree vuestra merced que esas son maneras? ¡Ah…!, ¿qué se hizo de aquella época en que los buenos modos extendían su imperio sobre los hombres instruidos y aun sobre los legos? En fin, habrá que acostumbrarse…

- Oiga, oiga, pare el carro, que sólo he querido ser amable, desconociendo, siquiera, dónde me encuentro o con quién hablo.

- No me venga con pamplinas, como hacen todos ustedes; sabe perfectamente dónde se halla y quién soy yo. Todos se me hacen los distraídos, fingiendo que se han caído, o que vieron la cueva por curiosidad y decidieron descender a sus adentros, como quien no quiere la cosa. Y luego niegan conocerme, ¡ a mí, al gran Montesinos!

- Luego usted es…

- Por supuesto. Para servirle a usted y a toda esa cuadrilla de haraganes que le precedieron o le seguirán en este saqueo despiadado. No perdamos tiempo. Sígame.

- Pero yo…

- Bueno, ¿quiere verlos o no?

- ¿Verlos? ¿Cuáles?

- Mire, déjese de fingimientos; sé por qué ha venido a turbar mi sueño. Se lo ruego, sea breve. Llene el zurrón y desaparezca de mi vista para siempre jamás. ¡Son ustedes de un pesado…!

Ya no me atreví a replicar. Seguí la estela presurosa del anciano a través de las puertas y de un sinfín de pasillos y escalinatas descendentes. Por fin se detuvo en una sencilla puerta, cediéndome el paso con enfadados aspavientos. Sin más, cauteloso, eché mano del tirador, la abrí y traspasé el umbral. Ante mí se mostraban, apelotonados y ajenos a todo pudor, la magdalena que Proust fue anegando en su recuerdo; la ametralladora literaria de Quevedo, fabricada en plastilina y modelada a capricho; el metrónomo sintáctico y la pistola para recorrer La Mancha de Azorín; la esencia orgiástica de Grenouille; un plano del Madrid decimonónico con manchas de hollín y restos de cocido que perteneció a Galdós; la pupila azul, hemoptísica y agolondrinada de Bécquer; el calendario zaragozano de identidades correspondientes al día de Pessoa; el dar cojonazos a la carrera y sin tiento de Simenon; el brujuleador poético de Góngora, el de acertados pasos; la bola de cristal de Julio Verne; un rosado monstruo, sediento de carne y crímenes, cocinado al fuego provinciano y lento de un Sarmiento; dos billetes de tren, a Leipzig y Marburgo, mandados enmarcar en plata por Ortega; el jarro de vino de Kayyám al que el Lazarillo, colándosele en la jaima y aprovechando la eminente embriaguez del pobre Omar, ya le había hecho la sisa correspondiente; el premio Nobel virtual de Borges; el libro que Aristóteles dedicó a la comedia, salvado del incendio de la famosa abadía por Adso de Melk por mucho que, ladino y galalón, jure y perjure lo contrario, el muy embustero; la cazurra gorra barojiana, donde se escondieron largos años los planos de la fuga de Zalacaín; los autómatas kósmicos de Joan Perucho; el sí-es-no-es del fonendoscopio auscultador de hombres de Shakespeare; un trozo de conciencia arrepentida de Lope, equipado con freno, acelerador y marcha atrás; las agujereadas e inmortalizadas suelas de los zapatos que Valle Inclán plantó ante las narices del objetivo de Alfonso; los ***** y los ¡¡********!! de Sterne, tan admirablemente traducidos por Javier Marías; el pico de oro del Don Juan de Tirso (aunque, bueno, sí, o sea, también era buen mozo, por lo que parece; y de buena familia, además); la redención amorosa y siberiana de Raskolníkov; el encoñado lector de Schlink, que tenía derecho a roce; el rabo de cerdo del último Buendía; la proselitista vuelta pedestre a España-apedreamientos y azuzar de perros incluidos- de Jorgito Borrow; la gozosa sicalipsis goliardesca del Arcipreste; el escatológico y germánico deambular de Till Eulenspiegel; un cowboy forastero preguntando en el salón por el sheriff M. L. Estefanía mientras bebe, ostentosamente y como para provocar al personal, una zarzaparrilla; la rosa por la que contendieron Juan Ramón y Gertrude Stein; el ojo a la virulé, hipocritón y malqueriente, del demabobo de Sartre; la cara que se le quedó a Gregor Samsa “después de”; la pelvis, mitad mostrenca, mitad venal, de la Lozana Andaluza; el gusto por los conejitos de Lewis Carroll; las florecillas con las que adornó Lawrence a “Lady Jane”; el barril de manzanas de la Hispaniola en el que Jim Hawkins jugaba a oidor omnisciente; el largo y cálido mear desaforado de Gargantúa y de Miguel Hernández; las dudas de Manuel Bueno anegadas por el pantano que se tragó Valverde de Lucerna y que un día se nos tragará a todos; las ocultas razones de Meursault; la taleguilla ensangrentada de Sánchez Mejías, salada aún por las lágrimas de Federico; el morderse las uñas de Fermín de Pas, la gimnasia previsora de Alvaro Mesía y los remilgos retozones de la Ozores; la casta y contenida lujuria platónica de Fernando de Herrera; el pene epigráfico de Dámaso Alonso caligrafiando en las paredes de la Academia; el orgullo ambicioso de Julien Sorel y las veleidades alocadas de Fabrizio del Dongo; un ejemplar del Oráculo manual y arte de prudencia que perteneció a Odiseo y con el que, tras la licencia militar fue poquito a poquito, de isla en isla, de periplo en periplo, de trecho en trecho y de lecho en lecho haciendo tiempo para que su mujercita acabara aquella labor de punto de marras; las escabechinas de Diomedes, las compungidas lágrimas, patrocleas y coléricas de Aquiles, la sangre polvorienta adueñándose de Héctor, el caro revolcón de Paris y el no sé qué de Helena, la de ligeros cascos; sendas fotos dedicadas de Escila y Caribdis; los planos de Alba Longa; un diente cariado de Adamastor; la famosa zorra de las uvas; el mono al que Monterroso estuvo a pique de convertir en escritor satírico; el obstinado y poco patriótico suicidarse de Ganivet; una vela gaditana guardada en la memoria de Alberti junto a la zamarra de Platko; la casa de la ficción en la que vivió de realquilado Henry James; un canto de guerra de las cosas quemado allá lejos, junto al lago Cocibolca; las zalamerías terceras de Celestina; Dabliu Eich Oden, de cuerpo presente y vestido con el uniforme de gala de Captain of his soul; el soma televisivo que tantas veces nos habrá observado ingerir el pobre Aldous; los hipogrifos violentos con lúgubre y simbólico arrastrar de cadenas de Calderón; aquel jersey culpable y precipitador de Cortázar; la perla hermosa y aciaga de Steinbeck; la raspa con la que dejó Hemingway a aquel pobre pescador, después de haberle hecho bregar tanto; la chimenea-calibre fahrenheit 451- de Pepe Carvalho; las cien velitas del penúltimo cumpleaños de Scherezade; tres o cuatro libros milagrosamente hurtados a los ojos inquisidores de Menéndez Pelayo; el coño canon de Bloom; la niebla prodigiosa y concupiscente de Boris Vian; la música de Salinas envasada al vacío por Fray Luis; un Camelot de cartón-piedra empeñado en el Monte de Piedad por Walter Scott; la máquina ensayista con la que Montaigne se encerró a solas en la ebúrnea torre; la Nicaragua, Nicaragüita, tan lejana como presente, de Gioconda Belli y Nicasio Urbina; una postal de Túnez remitida por Don Rodrigo y la Cava; los pobres maridos, adúlteros o cornudos, y las damas-con perrito o sin perrito, según- de Chéjov; un inventario de lugares propicios para el amor encontrado dentro de un tratado de urbanismo y con ex libris de un asturiano que hizo las Américas en Nuevo Méjico; una brújula con la que Emilio Salgari se conducía por el jardín de su casa; una declaración de Emma, jadeante y enfática mientras se la pegaba al pobrecito Charles, atestiguando que monsieur Flaubert era ella; la fértil inventio opiácea de De Quincey; las caracolas que los mascarones que aproaban a Isla Negra fueron arrebatando para Neruda a los siete mares; un planto a la muerte del mayor Sabines; unas coralinas columnas hipóstilas vaginales; un par de singladuras cirúleas y hemingüeyanas por Cayo Romano y por la tan mafiosa como esplendorosa Habana; la toga, entre forense y pitiminí, con la que Menéndez Valdés, auxiliado en las bandas por el siglo XVIII, ahorcaba la poesía a la caída de cada tarde; las mozas de cántaro cancioneriles, que tantas veces se acercaban a la fuente (a ver si se lo rompían, claro está); la uña uxoricida y vengativa de Max Aub; las vueltas que tuvo que dar por Soria el Duero, Antonio, hasta que le convenciste de su condición ontológica de curva de ballesta; la vulva, el vértigo y el centro, latiendo en un poema de Valente; el alfabeto, que volvía con Ramón de su paseo gregueril vespertino; el brioso y comercial extender la morcilla y el queso fresco burgaleses de Rodrigo Díaz de Vivar; el candil con el que Zarathustra buscaba el cadáver de Dios; una foto colectiva de la última promoción del “Leoncio Prado”; planos y planes de los terrenos anejos a la futura villa olímpica y al Nou Camp y susceptibles de recalificación, perpetrados por la inconfundible mano de Onofre Bouvila; un carné del PRI a nombre de Artemio Cruz; la calentura desbordada de Felipe Trigo; un capitel que se llevó Fabio de Itálica; la joroba de Ruiz de Alarcón; el abogado cornúpeta de Arreola; el coche en el que montó Graham Greene a Cervantes, a Giovanni Guareschi y a don Leopoldo Durán para visitar Valladolid y Salamanca; el bolsillo manchado de grosella de Guillermo Brown; una bolsa con los derechos de autor no cobrados por Giuseppe Tommasi di Lampedusa, a cuenta de su frasecita de marras sobre la inmutabilidad y su eterno cambiar; un cuaderno de campo con los consejos de Patronio; la pluma (una Waterman ¿eh? no vayan a pensar) que Winnetou le regaló a Karl May; el atusado bigote del capitán Alatriste; el desgraciado profesor de Coetzee; todos los manuscritos, encontrados o no en la Puebla de Montalbán, Zaragoza o Bolonia por Rojas, Potocki o Eco, y que en el mundo han sido; una jaula grande, con miríadas de bichos y engendros plumáceos y disformes creados por los ignorantes de Horacio; el espejito, espejito de Dorian Gray; el habitar pronominal de Pedro Salinas; el olor a mar, tintorro y cuadrilátero de Aldecoa; la protuberancia vertiginosa, eréctil y subyugadora con la que Mateo Colón les sacó los colores a los libros de anatomía; el último beso que le dio Alfonsina Storni a la espuma del mar; la acompasada música afrocubana de Alejo Carpentier sonando por entre los canales venecianos; una fe de vida de la Santa Compaña legada por Valle a Cunqueiro; unos gramos de alucinógeno poético extático que no consiguieron decomisarle a Juan de la Cruz los de la policía calzada del Más Allá; el asendereado vivir en continuo mutis por el foro de Maqroll, “el Gaviero”; el peregrinar romero y rotario de Elipsio; una protopareja, otra pareja filial, una quijada de asno, un viejo borrachín con un barco zoológico, un pétreo fax con diez decretos, un plato de lentejas de efectividad notarial, el sol detenido en lo alto del cielo, un doble de Victor Mature arrasando un templo, un cantar himeneo, el “tú-ponte-aquí-y-dirige-mis-tropas-que-yo-me-quedo-en-la retaguardia-resolviendo-los-asuntos-del reino-y-de-paso-protejo-a-tu-mujer” escrito en bronce a hondadas, un belén, una boda pasada por vino, un lago, unas hogazas de pan y tres o cuatro kilos de sardinas, una palangana, unas lágrimas, una mirada al cielo, un velo rasgado, una bolsa de monedas, un cordero, un bicho con muchas cabezas y unos rótulos que ponían”The end”; los chascarrillos sentenciosos, disciplinantes y previsores de Pedro Alfonso; el vago rumor zorrillesco que tuvo el encoñado suicidarse de Larra, el Pobrecito Amador, digo Hablador; unas calzas verdes; una ejecutoria de cornuda fanfarronería del capitán Alonso de Contreras; una hectárea de rastrojo pisado por Delibes; la piedra filosofal que encontró Rulfo en Comala y en ese llano que tanto ciega los ojos cuando se le mira; un semivizconde venido a menos por la guerra; el cisne que degolló Garcilaso, riberas del Tajo; un casero sin alma y cobardón de Arniches; la simbología floral, sonora, fransuá, sicalíptica y plenipotenciaria de Rubén; el autolegendarismo nobelizante y nobelizado de todos sabemos qué abejorro colmenero; el dedo incorrupto, apócrifo y desatado de Fray Antonio de Guevara; ese divino don que tienes, Claudito lindo (bis); el cachondeo que se trajo Rabelais inventariando la biblioteca de San Víctor; el Aleph; la enumeración cuasi caótica del entierro de la Mamá Grande y, por supuesto, el catálogo de las naves y caudillos, desde Peneleo hasta Protoo, que llamaron una noche a la puerta de Príamo.

Una vez acabada la visita de la primera de las salas me dolían tanto los ojos que no pude acceder al resto de la gruta. Volví sobre mis pasos y me hallé de nuevo frente al huraño Montesinos que, sentado frente a la entrada, tenía un no sé qué de fastidio y esplín buocrático. Con los brazos cruzados y la mirada hosca, se hacía el indiferente y como que no reparaba en mi presencia, y yo, en un susurro zalamero:

- ¿Soportaría una última indiscreción?

- ¿Acaso tengo alternativa, gañán?

- No esperaba menos de su acrisolada y legendaria paciencia, venerable y magnánimo Montesinos. Verá, me corroe íntimamente las entrañas una malsana curiosidad: ¿con qué retornó Cervantes de descenso tan provechoso?

- Pues con qué había de subir, alma de cántaro, con un baciyelmo, claro está.

- ¡Ah….! Y usted, ¿no tiene interés en saber qué llevo conmigo? Vamos, no me diga que no siente ni el más mínimo picor curioso por conocer el contenido de mis bolsillos; el resultado de mis hurtos a tan admirable pecio de tierra firme; el antídoto a tan manifiesta pobreza de ideas.

- Me es indiferente, joven, créame. Acabe esta enojosa e inoportuna visita, que yo he de tornar a mi siesta.

Siesta…sueño…dormir. ¡Maldición, he soñado que estaba soñando despierto! Esta ha sido la última vez que abuso de la ginebra. ¡Mira que soñar con la cueva de Montesinos! Y todo por culpa del Ulises. Hasta aquí hemos llegado. Ahora mismo os vais a ir los dos tomos derechitos al fuego, y no se hable más. Y no se habló más.