EL ORIGEN DEL HIPOCAMPO
por Roger Santiváñez

 

Iniciamos una serie de crónicas que muestran nuestras andanzas por este rincón donde el Señor cree en los escritores para llevarse bien con los milagros. Bienvenidos, sean parte de nuestra familia.

CORRÍA la turbulenta década final del siglo XX en Lima, Perú, Sur de América mientras un grupo de escritores y artistas se reunían todas las noches en los bares del jirón Quilca, centro de la ciudad. Teófilo Gutiérrez Jiménez autor del libro de cuentos Tiempos de Colambo propuso la idea de publicar una revista. Quien redacta este testimonio era un asiduo de aquellas noches de bohemia en el Bar de los Recuerdos -así denominado por la vieja música de los 60s y 70s que allí podía escucharse- igualmente conocido como Las Rejas debido al armazón de hierro forjado que cubría la entrada. O el solariego Queirolo  justo en la esquina con Camaná. En éste último se destacaba la presencia vespertina de Carlos Jallo Villamonte -poeta y novelista inédito entonces- quien fue uno de los primeros en acoger la propuesta de Teófilo Gutiérrez. Y planteó Killka Blues como nombre de la nueva revista. Pronto me sumé al proyecto y así salió el primer y único número lanzado con una tumultuosa presentación en el Queirolo en el verano de 1996. El narrador José Benavides Gastelú, el fotógrafo  Jorge Verástegui, el pintor Carlos Ostolaza y la musa Karin Trencitas -que modeló para la carátula- pusieron lo suyo en el logro de la edición.

POSTERIORMENTE Teófilo Gutiérrez decidió proseguir con el proyecto, pero ésta vez se trató de una iniciativa personal suya. Así nació la revista Hipocampo de Oro nombre colocado en recuerdo y homenaje de Abraham Valdelomar. Salieron dos números de la revista. Para ese entonces Gutiérrez ya abrigaba la idea de fundar un sello editorial. La ocasión se presentó a fines de 1998 con la edición de Secuestro en el jardín de las rosas primer poemario de Dalmacia Ruíz-Rosas Samohod. Sendas presentaciones en la galería Borka’s de Miraflores y en El Averno -inaugurado a propósito de este acto- lanzaron asimismo el flamante sello Hipocampo Editores. Muchos libros han navegado ya -en estos casi diez años- sobre las aguas cristalinas de la edición. Y han llegado a buen puerto. No repetiremos aquí el catálogo de sus publicaciones. Bástenos decir que la calidad literaria y la pulcritud editorial son los signos fundamentales de esta novísima empresa, a la que -con toda simpatía- le auguramos larga y fructífera existencia. Su contribución al desarrollo de la literatura peruana de nuestros días es insoslayable.

NO SOLO por ser un poeta editado por Hipocampo sino por haber estado al lado de Teófilo desde los momentos iniciales de su aventura, me complace escribir estas líneas para su reciente página virtual. Conozco a Gutiérrez desde sus días de estudiante de Literatura en San Marcos, sé de sus performances periodísticas en diversos medios, como Somos de El Comercio, La República, los desaparecidos La Voz, y El Universal. Y recuerdo con nostalgia nuestros rociados encuentros en la bohemia del Cercado, iniciados cierto crepúsculo de 1991 en el Galileo de Camaná, que ya no existe. Como ya no existen Hudson Valdivia, Grover Gambarini, Josemari Recalde, Edgar Kilowat Barraza, Edwin Zcuela Núñez José Antonio Pocho Ríos, Juan Ramírez Ruíz, nuestros muertos quilquenses, personajes inolvidables que se nos han adelantado en el inexorable rumbo del destino. Por eso quiero recordarlos ahora, porque ellos estuvieron con nosotros en aquellas mesas tendidas, sobre esas noches hundidas en la neblina de Lima. Siempre con el ánimo dispuesto para compartir un salud, una palabra amable, un rock, una cita literaria o un nuevo libro. De esos días en que la libertad colmaba mi vida -como la espuma los vasos de cerveza- guardo la mejor memoria, una que se parece mucho a la solidaridad, a la verdadera camaradería, igual a la canción que se entona a la medianoche para espantar la angustia y devolvernos a la dimensión humana -a veces oculta- pero que de todos modos nos pertenece.

Collingswood, orillas del río Cooper, New Jersey, 10 de febrero de 2008.

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